Justicia y caridad, principales virtudes del empresario

Artículo del profesor Carlos Cavallé

04/01/2013

2012Cavalle_MEI1_IESE_069733

El 27 de noviembre se cumplieron 40 años de la visita que San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la Universidad de Navarra, realizó al campus del IESE en Barcelona, en 1972. En aquella ocasión, se reunió con empresarios y directivos participantes en programas, profesores y personal de la escuela, en un encuentro que supuso una gran tertulia por su tono familiar.

Muchos de los asistentes pudieron intercambiar impresiones directamente con San Josemaría, pero pienso que aquella cita será recordada, sobre todo, por sus enseñanzas en torno a la grandeza y trascendencia de la profesión de empresarios y directivos. Escribe el profesor Carlos Cavallé en un artículo publicado en el último número de la Revista de Antiguos Alumnos del IESE.

Personalmente, tengo excelentes recuerdos de aquella reunión. Tanto por el acto en sí mismo, como por el contexto del momento en que se produjo. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, ahora veo que las palabras de San Josemaría ofrecieron a los empresarios maneras concretas de vivir desde su profesión las indicaciones de la encíclica Populorum Progresio, publicada por el papa Pablo VI pocos años antes, en 1967.

Como se recordará, la encíclica ofrecía una excelente e interesante perspectiva de los problemas y objetivos del desarrollo económico y social de todos los pueblos del mundo. La enseñanzas de San Josemaría también resultaron oportunas cuando, unos meses después, tuvo lugar el comienzo de la primera crisis mundial del petróleo, que, como es sabido, fue una crisis que cambió el mundo y que produjo un sensible impacto, no solo económico sino también social.

En aquella tertulia, San Josemaría nos habló de la importancia de nuestra profesión de empresarios. Nos hizo ver que la grandeza de esta viene dada por el hecho de que tanto en su trabajo cotidiano como en los planes de desarrollo futuro, si se realizan dentro de un sentido cristiano de la vida, los empresarios contribuyen de forma decisiva al desarrollo económico y social de todos los componentes de las empresas y, a través de ellos, de toda la sociedad, o por lo menos de gran parte de ella.

San Josemaría, con los evangelios en mano, nos hizo ver que la transformación de la sociedad y el progreso social al que puede contribuir la empresa, pasan necesariamente por el que empresarios y directivos se esmeren en ejercitar una serie de valores y virtudes de gran trascendencia como son la lealtad, la justicia y la caridad. Un planteamiento que 40 años más tarde comprobamos que sigue estando vigente y continúa siendo necesario.

También recuerdo que, en una época en la que se hablaba mucho de justicia social, y contestando a la pregunta de uno de los asistentes, San Josemaría nos dejó claro que, la justicia por sí sola no basta; " debe ir siempre acompañada y precedida de la caridad", nos decía. Son estos unos principios fundamentales en el mundo económico y social y que han sido recogidos especialmente en las encíclicas sociales de Juan Pablo II y, más recientemente, por Benedicto XVI en Caritas in Veritate; y que en aquel momento dejaron un profundo impacto en la vida personal y profesional de muchos de los asistentes.

Y es que en la medida que uno pasa años en esta profesión, se va dando cuenta, a veces con demasiada lentitud, de la fortuna que representa poder gestionar una organización, con todos sus problemas y conflictos, desde un sentido cristiano de la vida (en expresión de San Josemaría). Recordemos que este sentido cristiano, además de constituir una legítima opción personal, ha sido y sigue siendo reconocido como un pilar fundamental de la cultura occidental.

Y ¿qué trascendencia pueden tener estas enseñanzas para la empresa de hoy? En el libro Conversaciones (1968) San Josemaría responde en el punto número 10 que "lo que he enseñado siempre desde hace cuarenta años es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual debe ser realizado por el cristiano con la mejor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)".

Ambas dimensiones –la perfección humana y la perfección cristiana– trascienden el paso del tiempo y encierran en sí mismas un fuerte sentido social. A mi entender, podría considerarse como un resumen lo que pudimos ver y oír en la reunión del año 1972. Por ello, la tertulia dejó un impacto en todos los que pudimos asistir y que recordamos con especial agradecimiento en su cuarenta aniversario.