Seis hábitos que te harán más eficaz

Pablo Maella indaga en los secretos de la productividad

30/04/2014

Pablo Maella

Es un hecho comprobado empíricamente por distintos estudios que no todas las personas rinden lo mismo. La eficacia individual tiene que ver con el resultado. No con el esfuerzo, ni con las intenciones, ni con el talento, ni con las ganas… Aunque todo eso influye. Según Pablo Maella, colaborador científico del IESE en Dirección de personas, la eficacia individual depende de hasta seis variables distintas que podemos aprender a modular para trabajar más y mejor (que no más horas).

Seis variables que multiplican el trabajo

El rendimiento personal depende de tres variables: la capacidad (saber hacer), la automotivación (querer hacer) y la autogestión (poder hacer). Pero la base de todo esto, en definitiva, está en la responsabilidad del individuo, ya que el actor y autor último de la eficacia personal es uno mismo. El rendimiento personal no es delegable. Por lo demás, sería un tanto ingenuo y poco realista no considerar que existen también el factor suerte, hechos aleatorios o circunstanciales que influyen en el resultado y que el individuo no puede controlar. Y, finalmente, resulta obligado citar también la simplificación: lo simple es, casi siempre, lo más eficaz. 

  1. Capacidad: un profesional, obviamente, es más eficaz cuando sus habilidades están en consonancia con el tipo de actividad que ejerce. Sean cuales sean nuestros puntos fuertes y débiles, el reto es conseguir la mejor versión de uno mismo. Es decir, potenciar nuestras capacidades más acordes con el puesto de trabajo e intentar desarrollar también las capacidades necesarias para ese trabajo que sean susceptibles de ser mejoradas. Eso implica conocerse, pero también superarse tratando de actuar (y no vale solo con “preocuparse”: hay que “ocuparse”), de retarse y exigirse y de aprender de los errores.

  2. Automotivación: unas veces estamos a tope… y otras no. Hay que vivir con ello. No siempre podremos tener ese flow, ese subidón de energía y de inspiración que nos permite rendir al máximo. En esos momentos, conviene recordarse que sí, es posible hacer una acción aunque no se tengan ganas de hacerla, y tener una actitud positiva. Ya vendrán momentos mejores. Mientras tanto, tendremos que tirar de tenacidad y de perseverancia para hacer aquello que sabemos que debemos hacer, aunque no nos sintamos motivados.  
  3. Autogestión: requiere pensar en términos de objetivos, más que de tareas. Tener que conseguir algo siempre es más estimulante y productivo que tener que hacer algo. Pero eso requiere ofrecer a las personas un espacio suficiente de autonomía y capacidad de decisión, además de unos objetivos claros y de los recursos necesarios para alcanzarlos.

  4. Responsabilidad: una persona eficaz es la que se muestra proactiva a la hora de asumir una serie de objetivos relevantes, desafiantes y realistas. Pone esfuerzo y tenacidad en conseguirlos, y aunque es consciente de sus propias limitaciones y se acepta tal y como es, no se entrega al victimismo cuando los resultados no son los esperados. 

  5. Suerte: influye en el resultado, desde luego, pero como no podemos controlar los factores aleatorios, lo mejor es actuar como si la suerte no existiera. Hay que evitar quejarse y lamentarse (excesivamente) cuando se tenga mala suerte. Y tratar de gestionar proactivamente las consecuencias que tenga la suerte sobre el resultado, para evitar aprendizajes negativos. Por ejemplo, creer que hemos actuado de forma eficaz cuando lo cierto es que el resultado positivo se lo debemos a  la suerte. O, al contrario: creer que hemos hecho algo mal cuando en realidad lo hemos hecho bien pero la suerte nos ha jugado a la contra.

  6. Simplificación: es un multiplicador de la eficacia, pero hay que ir a por ella, hacer una elección explícita por la simplificación, porque la evolución natural de las cosas es hacia la complejidad y porque la sencillez no siempre está bien vista. Simplificar puede ser impopular y hasta doloroso, porque implica una priorización y a menudo una renuncia. Dejar espacio para lo que aporta más valor significar sacrificar el resto de cosas. Pero casi siempre es más eficaz y productivo.

Potenciar la eficacia individual desde la organización
Ya sabemos que potenciar la eficacia de las personas es una fuente de ventaja competitiva para las empresas. Pero, ¿cómo impulsarla? Tradicionalmente, este reto se ha afrontado desde la perspectiva del liderazgo. Pero las iniciativas desde la dirección en esta línea tienen un límite, ya que no se puede forzar a las personas a rendir hasta su máximo nivel potencial. Eso depende solo de ellas y de su voluntad. Lo que sí se puede hacer es trabajar para diseñar sistemas más eficaces. Un objetivo que, según Pablo Maella, puede conseguirse aplicando tres principios básicos:

  1. Seleccionar personas capaces y responsables
    Ahí es donde la empresa se lo juega prácticamente todo, ya que la productividad de la organización depende directamente de a quién metes en casa. Hay que andarse con ojo, porque tendemos a fichar evaluando la capacidad del candidato y su experiencia –queremos contratar a los mejores—, pero se suele despedir por la actitud. La capacidad y el talento, sin responsabilidad, no suelen ser eficaces a medio y largo plazo. Otros errores frecuentes son seleccionar a alguien con prisas o mantenerle sin ser el adecuado. Algo que podemos evitar utilizando los periodos de prueba. 

  2. Fomentar la participación y dar autonomía
    En este punto, Pablo Maella cita a Steve Jobs: “No tiene sentido contratar a personas inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer. Nosotros contratamos a personas inteligentes para que nos digan que tenemos que hacer”. Hay que dejar hacer. No se trata de que todos tengan que participar en todo, ni de que lo que uno diga tenga que hacerse necesariamente. Pero sí de que todos en la empresa tengan la posibilidad de aportar.

  3. Desarrollar un estilo de dirección basado en el reto y en el respeto
    Los directivos y empresas que saben potenciar la eficacia de sus empleados son los que consiguen estimularlos con metas ambiciosas, que supongan un reto y una exigencia, y al mismo tiempo, atender y escuchar sus aportaciones de forma honesta, comunicando con claridad lo bueno y lo malo. Además, se caracterizan también por gestionar los rendimientos de las personas que están en la media, y no por concentrarse solo en el de las que tienen un rendimiento más bajo o en los que despuntan por arriba, como suele ocurrir en la mayoría de organizaciones.