IESE Business School - Centro Anselmo Rubiralta de Globalización y Estrategia English

Enero - Abril 2005

     
 

Competir para crecer más

Por Eduard Ballarín
Profesor de Dirección General

 

 

 
 

Bien gestionado, el aumento de la competitividad garantiza el crecimiento sostenido de un país. Su economía vende más, gana en dinamismo y, por tanto, crea más riqueza en el largo plazo. Por ello, las medidas que adopten los gobiernos para mejorar la competitividad deberán ir encaminadas hacia ese horizonte de sostenibilidad. En concreto, deben abarcar tres factores clave: indicadores macroeconómicos, entorno industrial e innovación.

 
 

Un ejemplo de política macroeconómica acertada lo encontramos en la zona euro, donde el Pacto de Estabilidad y el control de los precios han tenido un efecto claramente positivo. Con todo, son preocupantes el déficit fiscal de Francia y Alemania y la inflación de países como España, ya que reducen su atractivo para la inversión extranjera y suponen una pérdida de ompetitividad en el exterior. Para corregir esas deficiencias, los gobiernos europeos deben convencerse de la necesidad de no relajar la política fiscal, moderar los costes salariales y estimular la competencia mediante un impulso liberalizador decidido.

 
  Índice
  Bienvenidos
  ¿Qué es la competitividad?   Por Michael Porter
  La carrera de la
  competitividad
  El caso español
  Competir para crecer más
  Por Eduard Ballarín
 
 
 
   
 

Aunque la lucha contra el paro es importante para el crecimiento económico, hacerlo en detrimento de la productividad sería un error, pues la creación de empleo es una fórmula que se agota una vez cumplidos sus objetivos. A la larga, en cambio, la mejora de la productividad resulta más beneficiosa por su naturaleza sostenible. Pensemos en el caso de Estados Unidos. Su conomía es la segunda más competitiva del mundo y roza el pleno empleo. A su lado, la mayor parte de la UE arroja peores resultados en ambos indicadores.

 
   
Las empresas también cuentan  
   

Por otro lado, no hay que olvidar que las empresas son la base de la economía y las creadoras directas de riqueza. La mejora del entorno macroeconómico será meramente “higiénica”, esto es, superficial, si no va acompañada de una política industrial adecuada. En este sentido, la apuesta por introducir a toda costa sectores nuevos, aunque ambiciosa, resulta arriesgada. ¿Por qué no partir de las industrias ya consolidadas? Se trata de identificar sectores afines y fomentar las agrupaciones empresariales o clusters regionales. Aúnan los esfuerzos de gobiernos y empresas y crean un entorno competitivo más favorable, como demuestran el parque tecnológico de Oulu (Finlandia), el biotecnológico de Strängnäs (Suecia) o el que la industria química ha instalado en la cuenca del Ruhr (Alemania).

 
   

También la innovación es determinante para competir más, puesto que permite una reducción de costes y la mejora de la producción. Este factor está estrechamente ligado a la calidad de la educación y a la formación continua de los trabajadores, sin las cuales el esfuerzo inversor de las empresas será en balde.

 
   

Los gobiernos tienen en este ámbito una doble responsabilidad: incentivar los proyectos de I+D y realizar un mayor esfuerzo en la orientación del sistema educativo hacia las nuevas tecnologías. Es lo que hizo Irlanda en la década de los noventa. El país se volcó en el sector de las tecnologías de la información y en la capacitación de su mano de obra, una estrategia que apuntaló con un régimen fiscal favorable a la inversión. ¿El resultado? Numerosas empresas tecnológicas extranjeras, incluidos sus centros de decisión, se trasladaron allí.

 
   

En definitiva, los gobiernos pueden hacer mucho por la competitividad y el crecimiento económico. Su mejor herramienta, una política basada en el equilibrio presupuestario, el apoyo a los sectores industriales más competitivos y el fomento de la innovación.

 
   
 
 

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