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Competir
para crecer más
Por
Eduard Ballarín
Profesor de Dirección General
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Bien
gestionado, el aumento de la competitividad garantiza el crecimiento sostenido de un país. Su economía vende más, gana en dinamismo y,
por tanto, crea más riqueza en el largo plazo. Por ello, las medidas que adopten los gobiernos para mejorar la competitividad deberán ir encaminadas
hacia ese horizonte de sostenibilidad. En concreto, deben abarcar tres factores clave: indicadores macroeconómicos, entorno industrial e innovación.
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Un
ejemplo de política macroeconómica acertada
lo encontramos en la zona euro, donde el Pacto
de Estabilidad y el control de los precios han
tenido un efecto claramente positivo. Con todo,
son preocupantes el déficit fiscal de Francia
y Alemania y la inflación de países como España,
ya que reducen su atractivo para la inversión
extranjera y suponen una pérdida de ompetitividad
en el exterior. Para corregir esas deficiencias,
los gobiernos europeos deben convencerse de
la necesidad de no relajar la política fiscal,
moderar los costes salariales y estimular la
competencia mediante un impulso liberalizador
decidido.
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Aunque
la lucha contra el paro es importante para el
crecimiento económico, hacerlo en detrimento
de la productividad sería un error, pues la
creación de empleo es una fórmula que se agota
una vez cumplidos sus objetivos. A la larga,
en cambio, la mejora de la productividad resulta
más beneficiosa por su naturaleza sostenible.
Pensemos en el caso de Estados Unidos. Su conomía
es la segunda más competitiva del mundo y roza
el pleno empleo. A su lado, la mayor parte de
la UE arroja peores resultados en ambos indicadores.
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| Las
empresas también cuentan |
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Por
otro lado, no hay que olvidar que las empresas son la base de la
economía y las creadoras directas de riqueza. La mejora del entorno
macroeconómico será meramente “higiénica”, esto es, superficial,
si no va acompañada de una política industrial adecuada. En este
sentido, la apuesta por introducir a toda costa sectores nuevos,
aunque ambiciosa, resulta arriesgada. ¿Por qué no partir de las
industrias ya consolidadas? Se trata de identificar sectores afines
y fomentar las agrupaciones empresariales o clusters regionales.
Aúnan los esfuerzos de gobiernos y empresas y crean un entorno competitivo
más favorable, como demuestran el parque tecnológico de Oulu (Finlandia),
el biotecnológico de Strängnäs (Suecia) o el que la industria química
ha instalado en la cuenca del Ruhr (Alemania). |
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También
la innovación es determinante para competir más, puesto que permite
una reducción de costes y la mejora de la producción. Este factor
está estrechamente ligado a la calidad de la educación y a la formación
continua de los trabajadores, sin las cuales el esfuerzo inversor
de las empresas será en balde. |
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Los
gobiernos tienen en este ámbito una doble responsabilidad: incentivar
los proyectos de I+D y realizar un mayor esfuerzo en la orientación
del sistema educativo hacia las nuevas tecnologías. Es lo que hizo
Irlanda en la década de los noventa. El país se volcó en el sector
de las tecnologías de la información y en la capacitación de su
mano de obra, una estrategia que apuntaló con un régimen fiscal
favorable a la inversión. ¿El resultado? Numerosas empresas tecnológicas
extranjeras, incluidos sus centros de decisión, se trasladaron allí. |
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En
definitiva, los gobiernos pueden hacer mucho por la competitividad
y el crecimiento económico. Su mejor herramienta, una política basada
en el equilibrio presupuestario, el apoyo a los sectores industriales
más competitivos y el fomento de la innovación. |
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