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Colega, compañero de trabajo y amigo
Josep Faus
Profesor emérito del IESE
No voy a decir que antes de escribir esto “he roto cantidad de cuartillas”, porque estoy utilizando el ordenador, pero sí que he tenido que usar numerosas veces la opción de borrar. Simplemente, no me salían las palabras. Aparte de ser colegas en el IESE, Eduardo y yo emprendimos conjuntamente una gran variedad de proyectos, algunos de los cuales eran verdaderos retos. Y aunque yo casi pertenecía por edad a una generación anterior, de Eduardo aprendí las verdaderas dimensiones de lo que significa un trabajo en equipo. Creo que nos compenetramos muy bien, aunque tanto en formación y conocimientos, como en experiencias anteriores éramos muy distintos: él economista, yo ingeniero; él profesor de estrategia competitiva, yo profesor de finanzas; él joven, y yo… un poco menos joven. Yo me preguntaba si, con todas estas diferencias, seríamos capaces de trabajar juntos. Pero Eduardo, entusiasta por naturaleza, veía en ello una gran oportunidad en lugar de un problema. Venía a decirme: “mira, Josep, lo que hemos de hacer es aparcar todos los orgullos idiotas y prejuicios inútiles, y que tú te ocupes de lo que tú y yo sabemos que tú haces mejor, y que yo me ocupe de lo que tú y yo sabemos que yo puedo hacer mejor”. Y funcionó. El primer proyecto importante que acometimos juntos fue la elaboración de un dictamen sobre la conveniencia de la fusión entre Caja de Pensiones y Caja de Ahorros de Barcelona. El tiempo disponible era muy corto y se imponía el máximo de eficiencia en la distribución del trabajo. Montamos una pequeña oficina en el sótano de mi casa, buscamos ayuda de asistentes de investigación y nos dividimos la dirección del trabajo. Pronto estuvimos de acuerdo en que el criterio básico de decisión debía ser la creación o destrucción de valor por la operación de fusión. Y como se trataba de cajas de ahorro sin capitales propios, no hablaríamos de valor para los accionistas sino de valor para la sociedad en general. Eduardo trabajó con modelos económicos y econométricos, con procedimientos de regresión, índices de Herfindahl y otras medidas del impacto de la competencia entre instituciones similares en sus territorios básicos, que le permitieron medir la generación o destrucción de valor si se hacía la fusión. A mí, que hubiera sido incapaz de avanzar con ese planteamiento, me correspondió trabajar en lo que entre nosotros llamábamos “la arremangada”, es decir, ponerse el mono de trabajo y empezar a calcular los efectos de la posible fusión en los servicios centrales (backups de ordenadores, eliminación de cargos duplicados, etc.), en las oficinas (cuáles se cerrarían, trasladarían o modificarían, etc.), en las escalas salariales (las diferencias entre dos entidades se suelen resolver al alza y no a la baja), y muchos otros detalles. Se analizaron todos los posibles ahorros y costes adicionales, y todo ello trabajando estrechamente con los correspondientes directivos de las dos entidades, que ya habían adelantado una buena parte del trabajo. Al final, y de forma casi milagrosa, los dos enfoques, completamente independientes el uno del otro, condujeron a cifras sorprendentemente similares de creación de valor por la fusión y… la fusión se hizo. Y yo comencé a admirar a Eduardo. Él y yo realizamos luego muchos otros trabajos en colaboración, y entre ellos toda una serie de estudios sobre las ventajas competitivas de Cataluña, realizados para la Conselleria d’Indústria i Energia de la Generalitat de Catalunya mediante la metodología de los llamados clusters, propuesta por el profesor de Harvard Michael Porter, que Eduardo dominaba. Pero nuestro esquema de colaboración fue siempre el mismo: olvidarnos del lucimiento personal y repartirnos el trabajo de la forma más eficiente posible. Yo ya llevo ahora más de cuatro años jubilado pero te echo de menos, Eduardo. Fuiste un excelente colega, un inigualable compañero de trabajo y, sobre todo, un gran amigo. Que Dios te tenga en su gloria.
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