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Gobiernos y reguladores ante la crisis: ¿qué podemos esperar?, por José Manuel Campa


La temida crisis económica y financiera continúa. Empezó en julio del año pasado de forma abrupta y, 10 meses después, sigue con nosotros. Los expertos ya advirtieron del riesgo que supondría no superar rápidamente los problemas que estaban surgiendo. Evidentemente, éstos no se han vencido.

 

La punta del iceberg dejó paso a un bloque de hielo formado por problemas de liquidez y solvencia, endurecimiento de las condiciones crediticias, caída de numerosos bancos, una fuerte crisis del sector inmobiliario, depreciación del dólar y tensiones inflacionistas, que en el campo de las commodities se llevan la palma.

 

Durante meses, hemos presenciado distintas actuaciones por parte de las autoridades monetarias y gubernamentales con la intención de aliviar los efectos de este ciclo recesivo y acabar con él. Analizar el rol que los distintos agentes han jugado y juegan en esta crisis resulta interesante.

 

El papel de la FED y el BCE

 

La crisis no afecta igual a las economías anglosajonas y europeas. Mientras los bancos en EEUU y Reino Unido disponían de muchos instrumentos fuera de balance –lo que ha generado fuertes problemas de liquidez real— en Europa Continental la banca ha sido menos proclive a este tipo de transacciones. Los efectos negativos en Europa han sido por tanto menores, aunque no dejan de ser considerables sobre todo en países como Holanda o Alemania.

 

Esta diferencia se aprecia notablemente en las medidas adoptadas por el Banco de la Reserva Federal (FED) en Estados Unidos y el Banco Central Europeo (BCE) en la Unión Europea. Ambas instituciones han inyectado cantidades ingentes de liquidez en el sistema, pero de un modo distinto. Mientras la FED ha bajado los tipos de interés, el BCE, preocupado por la inflación, ha optado por mantenerlos. La negativa del BCE a relajar los tipos ha despertado algunas críticas, pero no hay que olvidar el objetivo de esta institución: mantener la inflación por debajo del 2%. Dadas las tensiones inflacionistas actuales, sus decisiones están más que justificadas.

 

Los rescates de entidades bancarias también han originado controversia. Los agentes principales de la crisis financiera no pasan por buenos momentos. Muchos de ellos se ven en una situación límite debido a la falta de liquidez, la restricción del crédito interbancario, los altos tipos y las dudosas inversiones realizadas durante años. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima pérdidas por valor de mil millones de dólares.

 

Decidir si las autoridades monetarias deberían llevar a cabo estos rescates es complicado. Este tipo de actuaciones se pueden acometer cuando se considera que la caída de los bancos puede afectar al conjunto del sistema financiero.

Ahora bien, analicemos el apoyo de la FED en el caso de Bearn Stearns. La actuación de la Reserva Federal estaba justificada para evitar un mal mayor al sistema, pero no tanto el hecho de que los accionistas recuperasen parte de su inversión. En 24 horas, JP Morgan multiplicó la oferta de compra inicial del banco por cinco, subiendo el precio de la acción de 2 a 10 dólares. Si un banco quiebra, los accionistas deberían perder todo su dinero.

 

De todos modos, la actuación de las autoridades monetarias es, en general, acertada. En esta crisis de liquidez, su labor es garantizar la estabilidad del sistema y así lo están haciendo.

 

Algunas voces califican de "poco eficaces" sus inyecciones de liquidez y aseguran que las economías no responden a los estímulos monetarios. Pero, de no haberse adoptado este tipo de soluciones, la crisis económica real hubiera sido mucho mayor de lo que estamos observando. Aunque, bien es cierto, que estas medidas no solucionan el problema subyacente de la crisis: la falta de confianza entre los distintos agentes.

 

La desconfianza de las entidades a prestarse dinero ante una posible exposición a activos dañados y la necesaria transparencia en el sistema son los principales problemas a los que hay que poner solución ahora. Los bancos deben ser capaces de distinguir entre aquellos que generan confianza y los que no. Y para conseguirlo, hay que apostar por la transparencia.

 

Sólo a través de un mejor y mayor conocimiento de los riesgos y la calidad de los activos de cada institución se podrá generar la confianza necesaria para recuperar el funcionamiento normal de los mercados financieros.

 






 

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