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La reestructuración del sector bancario La actual crisis financiera ha puesto a prueba al mercado financiero internacional, que no ha sabido hacerse responsable de sus errores. Con unas pérdidas de 2'2 millardos de dólares – provenientes de los activos tóxicos generados sólo en los EE.UU— y una inyección de capital de 963.000 millones de dólares –en su mayor parte en forma de fondos públicos inyectados por los gobiernos nacionales de diferentes países—, el sistema financiero intenta sortear los azotes de la actual situación. “Llevamos varios meses observando una volatilidad inusual en los mercados financieros; de actuaciones de urgencia por parte de entidades regulatorias y gobiernos; y de propuestas de todo tipo que pretenden servir para resolver la situación a golpe de imaginación”, afirma José Manuel Campa, profesor del Departamento de Economía y Finanzas del IESE. El profesor advierte de que “tan importante es gestionar la crisis actual como pensar en las implicaciones de las decisiones que se están tomando para el medio y largo plazo; reflexionar; y sacar conclusiones que nos sirvan para planificar un futuro más estable”. Con esta intención, el CIIF ha entrevistado a los profesores de economía y finanzas del IESE: Juan José Toribio, José Manuel Campa, Javier Aguirreamalloa y Pablo Fernández. Los cuatro han abordado de manera directa el futuro del sistema financiero internacional; la reestructuración del sector bancario; la vuelta a la sencillez de la banca de inversión; y el difícil reto de mejorar la regulación.
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Un sistema con problemas de financiación
“Las innovaciones tecnológicas en los mercados financieros (titulizaciones y derivados de crédito) permitieron que se produjera lentamente un proceso de arbitraje entre mercados financieros” recuerda Campa (Ver newsletter anterior). Esas innovaciones fueron las que permitieron trasladar el riesgo de activos de los bancos comerciales –que debían cumplir con la regulación— a bancos de inversión, compañía de seguros u otros intermediarios financieros de diversa naturaleza que no estaban regulados. “Además de esto, sufrimos otra forma de arbitraje: el geográfico. Es decir, estos activos también se transmitieron de entidades nacionales con regulaciones más estrictas a entidades en países con regulación más reducida (hedge funds)”, comenta el profesor Campa. El resultado son 800.000 millones de dólares en pérdidas declaradas, 963.000 millones de dólares en inyecciones de capital con el fin de salvar el sistema, y unas necesidades de financiación para el futuro estimadas en 500.000 millones de dólares más. Como explica José Manuel Campa, “el problema no se queda en las cantidades que ya se han puesto, sino en las que quedan por poner”. Si a esto le unimos la falta de confianza que impera en los mercados y el pesimismo económico, cabe preguntarse quién va a asegurar la liquidez a partir de ahora. “Es impensable que este dinero sea puesto por entidades privadas. La experiencia de aquellos inversores que aportaron capital en los últimos meses a entidades con problemas –para que al final terminasen siendo supeditados a un segundo plano por los gobiernos que deben inyectar capital adicional a las entidades— es muy mal precedente,” asegura el profesor. Por su parte, todos los gobiernos son conscientes de esta realidad y se están preparando con medidas como la adoptada recientemente por Alemania. El gobierno alemán ha aprobado una normativa que le permite tomar participaciones en empresas privadas. “La liquidez en los mercados no está garantizada. La financiación ha adquirido un mayor coste y hay menor disponibilidad de crédito. Esto no hace más que debilitar a las empresas y la confianza de las familias” asegura Campa. Además, añade, actualmente las empresas solo se gestionan para generar la caja necesaria para sobrevivir, sin pensar más allá de sus necesidades de tesorería para los próximos meses. “En este entorno, la falta de proyectos debilita la concesión de créditos bancarios, la expansión y el crecimiento económico a futuro. Pero también debilita la capacidad de pagar los préstamos ya existentes” advierte el profesor. Campa también reitera que es “absurdo pensar que este círculo vicioso de deterioro en la actividad y la confianza no vaya afectar a la solvencia de las empresas y familias que se encuentran endeudadas”. Y, como deja claro, “esto también afectará directamente a la banca. La pérdida en la calidad de sus activos deteriora la capitalización de los bancos y cajas de ahorro y hará que algunos no puedan hacer frente a sus obligaciones”.
Cambios en dos niveles
La reestructuración bancaria que se avecina no será leve. Así lo cree el Fondo Monetario Internacional tras estudiar más de ciento veinte crisis bancarias que se han producido en los últimos 35 años. Campa alude a la historia afirmando que “de media, más del 30% de los bancos existentes con anterioridad a una crisis de este tipo terminan desapareciendo de una u otra forma. En la crisis americana de los ochenta desaparecieron unos mil bancos; en la asiática de los noventa, más del 40% de los bancos de Indonesia y Corea del Sur; en Rusia, el 30% también cerraron después de su crisis de 1998”. Según el profesor de finanzas, “viviremos un proceso de concentración de la industria. Algunos bancos serán liquidados, otros vendidos a través de fusiones o compra-ventas más o menos ordenadas de sus activos por otras instituciones financieras”. Y es que este proceso es inevitable en todo sector que sufre una crisis como la actual. Pero ¿cómo se producirá esta reestructuración? Juan José Toribio asegura que el proceso se dará a dos niveles. “Primero hemos visto la integración y la transformación de la banca de inversión encaminándose a un modelo más tradicional. En segundo lugar, asistiremos al ya comentado proceso de reestructuración sectorial.”
Tendencias en banca de inversión
En lo que se refiere al primer nivel, Javier Aguirreamalloa advierte de la contracción que el sector de la banca de inversión está sufriendo. “Ahora mismo el pastel de la banca de inversión tiene el mismo tamaño que en 2004. La diferencia es que entonces el mercado crecía y ahora sigue el camino contrario. Nos enfrentamos a recortes en los ingresos, en las ganancias, en las plantillas, y esto seguirá así en los próximos dos años” afirma. Juan José Toribio señala como el principal problema de la banca de inversión la escasez de ingresos recurrentes, lo que la ha llevado a depender en mayor medida de transacciones individuales. El Presidente del CIIF alude a cómo, tras esta crisis y los problemas que ha generado, la banca de inversión está virando hacia la banca comercial. “Los bancos que no han desaparecido, han sido adquiridos por bancos comerciales o han transformado su actividad ampliando su oferta de servicios y encaminándolos hacia los de la banca tradicional” revela el profesor Toribio. Para él, esta integración o transformación hacia la banca comercial “ofrece una adecuada financiación vía depósitos y un mayor margen de maniobra en épocas de recesión, como la actual, donde muchas operaciones propias de su actividad, simplemente, han dejado de realizarse”. Sin embargo, existen algunas amenazas. Pablo Fernández alerta del riesgo de mezclar estos dos tipos de negocio, a lo que Aguirreamalloa añade que “ambas son actividades diferentes, con una cultura empresarial distinta y dispares modelos de retribución, lo que puede entrañar muchos problemas a la hora de integrarlas”. De un modo u otro, como concluye el profesor Toribio “hemos de esperar un tiempo de actividad bancaria centrada en el aspecto ‘comercial’ de la misma. Los antecedentes de los últimos meses y las nuevas regulaciones por llegar así lo forzarán”.
Simplicidad contra sofisticación
Javier Aguirreamalloa analiza los que, hasta ahora, eran los negocios más lucrativos de la banca de inversión y apunta las tendencias en productos para los próximos años. “Las fusiones y adquisiciones de empresas van a verse muy afectadas durante al menos los dos próximos años. Para adquirir una empresa hace falta, sobre todo, confianza y visibilidad en la compra, y ahora pocas compañías pueden ofrecerla. También se necesita liquidez, y la banca no está aportando ese capital ahora” afirma el profesor. “De la misma manera, los otros dos grandes negocios de la banca de inversión –equity y renta fija- están de capa caída. No hace falta insistir mucho en la caída de los mercados de acciones. Y algo parecido sucede con los bonos corporativos o con las titulizaciones. Ambos mercados se han secado”. Desde el punto de vista de los productos, si el volumen de mercado ha bajado, también los clientes de la banca de inversión -fondos de inversión, hedge funds, o fondos de private equity, entre otros- han menguado o desaparecido. “Los hedge funds han incumplido su promesa de generar retornos absolutos”, afirma el profesor. “Por otro lado, no han podido atender las necesidades de rentabilidad requerida por sus inversores. Y por último, han sufrido varios escándalos derivados de la gestión fraudulenta de algunos que han dañado la reputación de estos negocios. El resultado es que muchos de estos vehículos de inversión han desaparecido,” sentencia Aguirreamalloa. Respecto al capital privado (private equity), el experto en finanzas prevé serias dificultades en el futuro. “Desde 2004, estos fondos han comprado compañías a precios altísimos y han alcanzado ratios de endeudamiento demasiado elevados, de tal forma que veremos quebrar fondos de private equity, como hemos visto hacerlo a hedge funds”. Aún así, Javier Aguirreamalloa defiende que, como concepto de negocio, el futuro del private equity parece más nítido que el de la inversión en valores cotizados. “En esta crisis se han visto muchas cosas, pero una de ellas es que no hay free lunches en los mercados de acciones. Si estás consiguiendo una gran rentabilidad, seguramente estarás incurriendo en grandes riesgos. En cambio, al adquirir empresas que no cotizan, los inversores de private equity juegan en mercados más ineficientes e ilíquidos, de modo que el buen gestor sí puede generar valor consistentemente.” Aguirreamalloa también deja lugar a la esperanza: “Junto a estos cambios estructurales negativos, también hay aspectos positivos. La tendencia al ahorro de las familias es mayor en detrimento del consumo, de modo que entre los inversores volverá a producirse la necesidad de canalizar ese ahorro hacia inversiones financieras”. En cuanto a la deuda corporativa, Javier Aguirreamalloa reconoce que “actualmente el desapalancamiento de las empresas implica una reducción en sus balances. Y eso significa meter en el cajón proyectos que serían viables. Pero las necesidades de inversión, financiación y refinanciación siguen estando presentes, y hará falta quien cubra esa necesidad. No será el fin de la banca de inversión”. Aguirreamalloa señala la simplificación como la tendencia para los próximos años. “Caminamos hacia productos más simples en todo tipo de mercados financieros. La tendencia es simplificación por encima de innovación. Se apostará por productos menos sofisticados y más fáciles de entender”. Parece que la crisis financiera ha recordado a los compradores que deben entender qué están adquiriendo y cuál es el riesgo de su inversión. De todas formas, Pablo Fernández se muestra contundente al afirmar que “las titulizaciones de activos deberían continuar, ya que son procesos que permiten distribuir el riesgo y pueden beneficiar a muchos inversores e instituciones financieras”. Para el experto, es la mala gestión la que ha causado la crisis, y no el vehículo en sí. “Decir que las titulizaciones son responsables de la crisis es como echar al coche la culpa de un accidente en el que murió el conductor cuando iba a 250 kilómetros por hora”.
La esperada reestructuración bancaria
La complicada situación del sistema financiero internacional y el patinazo de la banca de inversión darán lugar a numerosas operaciones corporativas que reestructurarán el sistema bancario en los próximos meses. “Es necesaria una consolidación del sector. El crecimiento limitado del crédito en el futuro dejará poco espacio para las entidades actuales” afirma José Manuel Campa. Pero en el proceso de reestructuración importará más el cómo que el quién. “Ni las fusiones y adquisiciones, ni las consolidaciones solucionarán el problema subyacente por sí mismas. La reestructuración será el resultado de los problemas, fundamentalmente de solvencia y no es razonable pensar que una entidad relativamente saneada se haga cargo de otra entidad con problemas por el bien del sistema” advierte Campa. Para el profesor “no hay que olvidar que junto con las operaciones corporativas, de producirse, será necesaria la inyección de capital y/o el saneamiento de los activos de las entidades con problemas”. Como explica el profesor del departamento de economía y finanzas del IESE, este proceso debería llevarse a cabo en tres partes: “La intervención directa de la entidad con problemas, la gestión temporal de la misma para separar los activos buenos de los malos, y la posterior venta de los primeros a otros operadores”. Aunque es probable que este proceso ocurra de una sola vez, mediante una compra-venta que incluya la inyección de capital público para neutralizar los activos tóxicos. Juan José Toribio coincide con él y advierte de las mismas dos grandes amenazas que el profesor Campa. Primero, los problemas de liquidez que, como ya hemos comentado, están tratando de solucionarse mediante inyecciones de capital desde los bancos centrales y programas de adquisición de activos ejecutados por los gobiernos. Después, los problemas de solvencia. Para estos últimos se han puesto en marcha dos mecanismos: nacionalizaciones, como en Inglaterra, y la creación de un “Bad Bank” que ayude a erradicar la toxicidad de las entidades. A pesar de sus dificultades, el sector bancario empieza a intuir cuáles son los caminos a seguir en el futuro. Para pesar de muchos, todos ellos pasan por una nueva regulación.
¿Más o mejor regulación?
El profesor José Manuel Campa es claro: “más regulación no debe ser la receta para un entorno más estable. Se necesita una mejor regulación que disminuya las oportunidades de que, en el futuro, se produzcan arbitrajes como los vividos. A su vez, se necesita una evaluación del uso apropiado de las innovaciones que aparecen en el sistema financiero, sobre todo cuando puedan tener efectos sobre terceros”. Lo cierto es que el último intento de incrementar la regulación del sistema financiero dio unos resultados contrarios a los buscados. “La normativa de Basilea II establecía un nivel mínimo de recursos propios en función de los activos en riesgo que cada entidad financiera poseyera. Este mínimo se fijó por consenso entre los distintos países, pero no se realizó ningún estudio sobre las necesidades reales de las entidades. La normativa fue trampeada con los procesos de titulización que los bancos llevaron a cabo y que, a fin de cuentas, menoscabaron el nivel de recursos propios por activo en riesgo de las entidades. Justo lo que la regulación pretendía evitar”, recuerda Juan José Toribio. El Presidente del CIIF aboga porque “los organismos supervisores se centren, a partir de ahora, más en el riesgo sistémico. Si Basilea II puso el énfasis en el riesgo de cada una de las entidades, ahora es necesario establecer regulaciones que establezcan, también, mecanismos “de protección” para el conjunto del sistema”. Campa, además, es partidario de una reorientación de la regulación, de tal manera que el regulador tenga competencia sobre el tamaño del mercado. “Es un principio básico que en nuestro entorno está comúnmente aceptado. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito de la defensa de la competencia. Sin embargo, en mercados tan internacionalizados e interrelacionados como los financieros, todavía se usan sistemas basados fundamentalmente en reguladores nacionales que se fijan en entidades concretas” explica el profesor de finanzas. Por ello, se muestra contundente a la hora de exigir un cambio: “la regulación por entidades nacionales debe coordinarse para evitar el arbitraje, tanto geográfico como entre productos con el mismo fin”. Aguirreamalloa también se muestra favorable a tomar esta dirección y añade que “además de una regulación más transnacional, más transfronteriza, ésta debería orientarse más a los productos que a las entidades”. De una u otra manera, todos coinciden en que, al final, lo fundamental para la supervivencia y recuperación del sistema bancario es que el sentido común, la prudencia, la transparencia y los valores tradicionales de la banca, sean los que imperen en los sistemas financieros internacionales. Está será la única manera de recuperar la sostenibilidad de un sistema cuya última crisis ha puesto en serios apuros.
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