 |  | Por Pablo Cardona, profesor y director del departamento de Dirección de Personas en las Organizaciones del IESE, y Helen Wilkinson, investigadora independiente y coach en empresas y programas de desarrollo directivo del IESE ¿Cómo salgo de ésta? Esta es la pregunta que más nos han formulado presidentes, consejeros y directivos de las empresas a lo largo del último año. La complicada situación económica ha puesto en jaque la supervivencia de muchas empresas. Las reestructuraciones internas, la redefinición de las estrategias o el cambio en el modelo de negocio se han convertido en el orden del día de las organizaciones, obligadas a enfrentarse de forma repentina a una nueva realidad imprevista. |
Es cierto, las circunstancias pueden variar de manera abrupta, sin esperar a que estemos preparados. Por eso, es necesario adaptarse a estos cambios y salir fortalecidos. Y eso lo permite la resiliencia, es decir, la capacidad de soportar la presión e incluso el fracaso debido a circunstancias adversas y conseguir recuperar la armonía interna. Para entendernos, es la habilidad natural del bambú, que se dobla cuando el viento arrecia pero sin llegar a quebrarse, y recupera su forma cuando el clima vuelve a ser benigno.
Una empresa será resiliente si tras la crisis actual es capaz de recuperar su posición y mantener o mejorar su funcionamiento. Esta capacidad de recuperación no es innata sino que, como todas las competencias directivas, puede adquirirse o perderse. Por ello, es necesario potenciar las tres dimensiones de la resiliencia: perspectiva, recursos y sentido.
Mantener la perspectiva
Ante una dificultad, podemos sentirnos tan implicados que perdemos la perspectiva del problema y la objetividad a la hora de buscar soluciones prácticas.
Existen tres factores clave para mantener esta perspectiva. El primero es el autodistanciamiento. La sensación de angustia o imprevisibilidad ante una crisis puede nublar autoconciencia sobre la situación personal y de la empresa. Pero no debemos dejarnos dominar por estas emociones. Hay que mirar más allá del problema y ampliar nuestra perspectiva, observando otras circunstancias, personas y entornos y buscando evadir la mente con otras distracciones.
El segundo factor es el realismo. Muchas veces, nuestras percepciones personales, tendencias defensivas y extrapolaciones subjetivas nos hacen distorsionar la realidad. La tendencia a obviar lo que nos disgusta se debe a que sabemos el esfuerzo que supondrá reaccionar ante esa realidad. Preguntar a personas externas cómo ven la situación de nuestra empresa puede darnos el realismo que necesitamos.
La aceptación también resulta esencial. Siempre habrá situaciones que escapen a nuestro control pero, cuanto antes aceptemos la realidad, más fácil será reaccionar con éxito. Ante una crisis, actuar con escepticismo no ayuda; es necesario hacerlo de manera proactiva: buscar un posicionamiento, analizar alternativas de acción y apostar por una. Si no funciona, hay que buscar nuevas opciones. Alguna proporcionará el resultado esperado.
Aprovechar nuestros recursos
Tras conseguir la perspectiva necesaria, debemos identificar los recursos de que disponemos. En realidad, contamos con más recursos de los que creemos; no sólo los que dependen de nosotros mismos, sino también los que, de forma directa o indirecta, pueden ayudarnos en la salida de esta crisis.
En primer lugar, hay que desarrollar los recursos físicos. Si no cuidamos nuestro cuerpo, no pensaremos de modo objetivo. Por ello, las actividades que fomenten el equilibrio físico de los empleados contribuirán a destensar el ambiente de la empresa.
Además, estas actividades fomentan las relaciones sociales y crean vínculos interpersonales en la organización. El sentimiento de pertenecer a un colectivo con un objetivo común ayuda a los empleados a desarrollar sus recursos mentales.
Dar sentido a la crisis
Encontrar sentido a la crisis es lo único que nos hará salir definitivamente de nuestro estado de ensimismamiento. Para ello, debemos profundizar en nuestro código de valores y el de nuestra organización.
A lo largo de nuestra aventura empresarial, hay veces que nos alejamos de los principios que perseguíamos. Las crisis pueden ayudar a nuestra empresa, y a nosotros mismos, a volver a ese código ético que nunca debimos abandonar.
Aunque no siempre podemos controlar nuestro entorno, sí podemos elegir nuestra actitud y buscar significado a las situaciones difíciles. En lugar de pensar en el posicionamiento perdido, hay que centrarse en buscar una nueva posición.
Sólo lo lograremos desterrando la idea de que nuestras fortalezas y debilidades, así como las de nuestra organización son estáticas. En ocasiones, hay que permitir que algunas partes de la empresa se disuelvan, se adapten o cambien, y no por ello la existencia de la empresa está amenazada; su identidad es dinámica y continúa construyéndose. Como el bambú, directivos y organizaciones deben ser lo suficientemente flexibles para amoldarse a las adversidades y lo bastante fuertes como para erguirse de nuevo y encarar el futuro con éxito.