Antonio Argandoña: "¿Un futuro para América Latina?"

Artículo publicado en La Gaceta de los Negocios

01/09/2008

El año 2008 es un buen año para América Latina, el quinto del periodo de crecimiento más largo desde 1980. A diferencia de episodios anteriores, no parece que vaya a interrumpirse por una crisis financiera, como ha ocurrido durante décadas. Más aún: el continente está sorteando bien los problemas que plagan a economías avanzadas, como la crisis financiera y la amenaza de recesión de EEUU, Europa y Japón.

Ese buen comportamiento es, en parte, un regalo, pero también algo ganado a pulso. Un regalo, porque buena parte de la expansión latinoamericana puede atribuirse a la elevada demanda de recursos naturales energéticos, mineros y agrícolas. También por la abundancia de fondos, consecuencia del alto ahorro de los países productores de petróleo y China, así como de la política monetaria expansiva promovida por la Reserva Federal en años recientes. Y por las generosas remesas de emigrantes, que superan la suma de las inversiones extranjeras directas y la ayuda oficial al desarrollo.

Y algo ganado a pulso, porque los países del área han hecho los deberes en las reformas de los 90: disciplina fiscal, con superávit primario y un nivel de deuda pública decreciente; inflación baja y estable, con una política monetaria ortodoxa y un régimen de tipos de cambio flexibles, estables y competitivos; un saldo por cuenta corriente positivo, y unas reformas que permiten a sus instituciones y mercados financieros atraer capitales de países desarrollados y emergentes, con bajas primas de riesgo.

Hay motivos para la complacencia. Pero también riesgos. La inflación ha crecido en los últimos meses, obligando a los bancos centrales a subir los tipos de interés, lo que frenará el crecimiento. La bonanza fiscal se basa en los ingresos de las exportaciones de recursos naturales, cuyo futuro no está asegurado: China es un gran demandante, y seguirá siéndolo, pero no es muy sensato apostar por la duración de los altos precios de esos productos.

Y hay también riesgos a medio plazo. América Latina no ha hecho un esfuerzo serio para diversificar su producción, invirtiendo los beneficios obtenidos con los recursos naturales en industrias de más futuro (con excepciones como México, Chile y Brasil). La apreciación de la moneda debida a la venta fácil de productos naturales ha desanimado la industrialización de algunos de esos países, la generación de capital humano y tecnológico (América Latina aporta sólo el 2,6% del gasto mundial en I+D) y el esfuerzo para integrar la producción latinoamericana en las cadenas internacionales, como han hecho las naciones asiáticas.

La tarea no es fácil. América Latina es un continente grande y diverso, con poca población, dispersa y separada por unas infraestructuras defectuosas. Es difícil, pues, que puedan triunfar como proveedores de productos de mano de obra barata que generen empleo en gran cantidad, y están muy lejos de desarrollar industrias basadas en recursos naturales pero capaces de generar un alto nivel de valor añadido, como han hecho los neozelandeses con su investigación agrícola, o los nórdicos con sus piscifactorías o sus industrias de la madera. ¿Pueden ayudarles los inversores españoles en esas tareas pendientes, que resultan claves para el futuro del continente?

Antonio Argandoña es profesor del IESE

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