José Luis Nueno: "La extinción de los oficios"

Artículo publicado en La Vanguardia

06/09/2008

De acuerdo con Euratex, a finales del 2007 la talla del sector textil en los 27 países de la UE fue de 211.300 millones de euros. Un 20% de esa suma de 12 dígitos se exportó. Ese año cerraron en Europa 10.000 empresas textiles, 29 al día, y se perdieron 150.000 empleos. Eso es un desastre, pero ¿cuántos oficios han desaparecido con ellos Que un sector pierda competitividad y que sus procesos industriales sean deslocalizados es un signo de los tiempos. Pero ninguna economía se puede permitir perder oficios, ya que la influencia de la globalización y la tecnología sobre los mercados es variable, casi caprichosa.

Albert Puyol, presidente y consejero delegado de Loewe, anunció a principios de agosto su intención de recuperar la tradición artesana que se perdió al reestructurar las fábricas de marroquinería, hace unos años, y para ello abrirá una escuela para formar artesanos de la piel. "Queremos volver a ser fabricantes: nuestro objetivo es tener más control sobre una actividad que está empezando a desaparecer". Hace unos meses, el presidente de Hermés justificaba el 13% que crecieron las ventas del grupo en el primer semestre del 2008 en haber retenido en proximidad el oficio artesano, y explotar esos valores unidos al made in France. Y si el estanque de donde se pescan trabajadores habilidosos se va secando, los empresarios ponen medios para llenarlo.

Nuestra crisis se va a llevar por delante montones de oficios. Sorprende que los paquetes de medidas que proponen Gobierno u oposición no presten atención a la vulnerabilidad que supone perder nuestra capacidad de respuesta ante los cambios a los que globalización y tecnología someten a los sectores, y que se basa en esa creencia fatalista de que esas dos fuerzas van sólo en un sentido de forma irreversible.

Casi la totalidad de las 10.000 empresas que han desaparecido en el textil europeo son pymes. Su problema más grande está aguas arriba, ya que muchos de los proveedores que se ocupaban de tejer, de estampar las telas, los acabadores o los talleres de costura en proximidad han cerrado. Un confeccionista mediano ¿con ventas de 25 millones o más¿ puede buscar industriales en otro país, pero uno pequeño, o un entrante que quiera hacer realidad sus ideas, no. Igualmente, si cerrara alguna de las marcas de coches que ensambla en España, desaparecerían miles de empleos y varios oficios que hoy sólo se encuentran en su sector auxiliar.

Los costes logísticos
Otro cambio inquietante es que, del mismo modo que la inflación de materias primas era anticipable tras más de 15 años de precios bajos, la próxima fuente de inflación se producirá en los costes logísticos, los de la cadena de suministro global. Estos resultan de los de la energía y del crecimiento incesante de la demanda de fletes desde los países productores de materias primas a los indus- triales emergentes que las transforman, y entre estos y aquellos en los que se venden acabados. Por ejemplo, los cedros que se talan en Canadá se mandan a China, donde se convierten en una boisserie, que regresa a EE.UU., donde se vende en una tienda de descuento. Ikea ha puesto una fábrica en EE.UU. para eludir estos costes de trasiego. El precio de un contenedor se ha más que duplicado en tres años.

La moda rápida ha sustituido sus talleres locales por los asiáticos, y expide la mercancía por aire, que es también como llegan cerezas chilenas, setas rumanas y ordenadores irlandeses. Si hay una cosa cierta es que la demanda por fletes y energía aumentará los costes de la cadena logística, y obligará a sus dueños a reconsiderarlas, trasladando a proximidad una parte o toda la fabricación... si encuentran mano de obra cualificada, diestra y disponible.

Otro indicio: en las zonas industriales de China, los salarios han aumentado un 50% en tres años. Si este proceso sigue su curso ascendente, se darán dos consecuencias. La primera es que el coste de los bienes importados de Asia se irá haciendo menos atractivo. Además, con mejores salarios y poder de compra, los mercados interiores de esos países competirán con los nuestros por los bienes que ya no se fabricarán aquí. Los precios subirán, y si sumamos a esto los fletes, será cada vez más interesante comprar en proximidad. Claro, si queda algún proveedor.

Pero hay otra razón más para desarrollar un cordón industrial de proveedores con oficios estratégicos en España. Se sataniza a los conductores, obligándolos a ir a 50 kilómetros para ahorrar energía, mientras traemos por aire manzanas chilenas, camisetas chinas o neveras coreanas. La baja sostenibilidad de la globalización se manifiesta desde la producción hasta el reciclado del producto, pasando por su logística.

Despilfarro y contaminación
Un estudio citado por The Guardian apuntaba que una inglesa media consume 35 kilos de textiles al año, sobre todo ropa. La mayoría del producto se tira antes de un año, ya que su coste y durabilidad son cada vez más bajos. La basura textil inglesa supone tres millones de toneladas de CO2. ¿Cuál es el impacto medioambiental de una manzana orgánica que viaja 10.000 kilómetros.

Es improbable que se pongan obstáculos a su venta o que dejen de gustar al consumidor, pero es posible que algunos opten por tener menos prendas y de más calidad, cuya oferta sólo depende de que sobrevivan empresas con competencias u oficios únicos. La falta de sensibilidad hacia la industria es obvia. Ayudar a quienes han resistido no sólo esa indiferencia sino una competencia implacable y preservar todos los oficios posibles debería ser la primera medida del Gobierno para paliar la crisis. Si no se defiende ese saber hacer, lo lamentaremos al perder los puestos de trabajo, y más aún cuando volvamos a necesitar los oficios.

José Luis Nueno es profesor del IESE

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