Tras la crisis, ¿hacia dónde debe ir la banca europea?

El futuro de las finanzas, a debate

28/11/2014

Jordi Canals

Jordi Canals, director general del IESE, se dirige a los asistentes al foro “Challenges for the Future of Banking” / Foto: Íñigo Alcañiz

El Acuerdo de Basilea de 1988, un conjunto de recomendaciones sobre la legislación y regulación del sector bancario, comprendía 300 páginas. Su sucesor, Basilea II, superó las 700. Y, en 2010, el Basilea III sobrepasó las 30.000.

Este incremento exponencial pone de relieve la compleja naturaleza de los sistemas financieros actuales, así como el nuevo entorno, altamente regulado, en el que operan las instituciones financieras mundiales.

Todo ello suscita las siguientes preguntas: ¿supone la creciente regulación un obstáculo para la innovación en el sector bancario? ¿Hasta qué punto la exigencia de un mayor capital y los cambios en el ratio de endeudamiento resuelven el riesgo sistémico? ¿Están las instituciones debidamente estructuradas de cara al futuro? Y con la confianza de la sociedad en mínimos históricos, ¿qué puede hacer el sector para recuperarla?

En busca de respuesta a estas preguntas, legisladores, reguladores y bancos europeos se reunieron en la londinense Somerset House el pasado 27 de noviembre. En la agenda de la conferencia, convocada por el IESE bajo la Regla de Chatham House, figuraba un único asunto: “Challenges for the Future of Banking” (Desafíos futuros de la banca).

Entre los asistentes se encontraban: Andrea Enria, presidente de la Autoridad Bancaria Europea; Jeremy Stein, profesor de la cátedra Moise Y. Safra de Economía de la Universidad de Harvard y antiguo miembro del Consejo de Gobernadores de la Reserva Federal estadounidense; David Vegara, director adjunto de banca del Mecanismo Europeo de Estabilidad, y David Miles, profesor del Imperial College y miembro del Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra.


La banca tras la crisis de 2007

Desde la crisis financiera iniciada en 2007, la regulación del sector ha aumentado considerablemente. Las entidades se han vuelto más conservadoras, y, según algunos ponentes, la innovación –la savia del sector– está “inhibida”.

Aunque todos coincidieron en calificar estas respuestas de “lógicas”, la gestión del riesgo sistémico en un sistema tan complejo e interdependiente exige ahondar en la comprensión no solo de las causas y las consecuencias, sino también del riesgo en sí.

Según el primer ponente, es fundamental que el sector bancario acometa un debate amplio y abierto sobre las reformas. Los sucesos de 2007 han cambiado radicalmente el panorama, como demuestran los pasos dados para eliminar el exceso de deuda, la profunda renovación de las cúpulas directivas y el mayor énfasis puesto en la necesidad de que industria y reguladores definan conjuntamente nuevas vías de intervención y resolución. En lugar de las estrategias de “demasiado grande para caer” avaladas por los gobiernos, el ponente abogó por un modelo que facilite una salida no traumática de los bancos insolventes.

Por supuesto, lo mejor sería evitar los problemas de insolvencia. Y, para ello, el segundo ponente instó a adoptar una visión integral del riesgo.


Reevaluación del riesgo

Ya antes del estallido de la crisis, la naturaleza del riesgo estaba cambiando. La revolución digital y la caída de los muros políticos, económicos y otros ya habían creado un entorno de riesgo tremendamente complejo.

La gestión de los servicios financieros en el siglo XXI era un auténtico ejercicio de gestión de riesgos, y afrontar y comprender esta transformación del entorno, una responsabilidad tanto del sector público como del privado.

Sin embargo, los ponentes se mostraron escépticos cuando se debatió sobre si las medidas tomadas hasta ahora bastarían para impedir otra crisis. Ante la idea de acabar de una vez por todas con la amenaza del riesgo sistémico, muchos apuntaron la imposibilidad de evitar un nuevo colapso, de alguna entidad o del sistema bancario en su conjunto. De ahí la importancia de resolver el riesgo sistémico en la medida de lo posible, además de crear un entorno en el que pueda darse una quiebra sin las terribles consecuencias de 2008.


Los problemas de la segregación de actividades

La estructura de los bancos también estuvo en el punto de mira de los ponentes. En concreto, abordaron las dos dimensiones de la separación de actividades, que no dejan de estar relacionadas: la funcional, para limitar la interacción entre actividades y unidades de negocio diferentes, y la geográfica, para limitar la exposición y los flujos financieros internacionales.

Aunque la reforma estructural de la banca aún se encuentra en fase de estudio en la UE y, con ella, la creación de una nueva normativa para la separación de actividades, los ponentes pidieron cautela y evitar incongruencias en la regulación actual.

Por otro lado, la complejidad de las relaciones entre los negocios comerciales de los bancos y las áreas de inversión es tal que algunos consideraron que la separación de actividades, sea del grado que sea, plantearía un gran problema. Además, la dimensión internacional suscitó dudas sobre si la regulación sobre esta separación podía, y debía, ser adoptada a escala mundial.


Capital mínimo, vale, pero ¿cuánto?

La crisis puso de manifiesto la necesidad de que sean los bancos, y sus accionistas, quienes afronten las pérdidas, y no gobiernos y contribuyentes. Pero la pregunta que se lanzó fue: ¿cuál es el nivel de capital mínimo que debe exigirse?

Los banqueros, académicos y reguladores reunidos en la sala respaldaron unánimemente la exigencia de que las entidades cumplan un ratio de endeudamiento adecuado. La cosa cambió cuando se habló del nivel de capital mínimo y de los costes que acarrea para las entidades el mantenimiento de un nivel de capital elevado.

Aunque los reguladores admitieron esto último, un ponente advirtió de las enormes consecuencias económicas que supone no hacerlo, tal y como muestra la historia más reciente. En su opinión, a los bancos no les queda otra que asumir esos costes.


Recobrar la reputación y la confianza

Los ponentes subrayaron la desconexión existente entre las relaciones de los clientes con su banco y la percepción negativa del sector financiero en su conjunto. En este punto, ¿cómo recuperar la confianza de la sociedad?

Todos emplazaron a los bancos a “reconocer sus errores”. Los continuos y sonoros escándalos, como el de la manipulación del Libor, no hacen más que añadir leña al fuego de la opinión pública negativa. Por otro lado, los bancos siguen teniendo problemas heredados, por lo que deberían admitirlos primero y resolverlos después.

Asimismo, aunque el crecimiento de la banca en Internet ofrece importantes ventajas a los consumidores, se achacó a esta digitalización el creciente desapego entre clientes y bancos. Para invertir esa tendencia, es imperativo desarrollar nuevas y más eficaces estrategias de compromiso con los clientes.

Todos los asistentes coincidieron en los retos que supone operar en un sistema interconectado. Así, por ejemplo, por mucho que una entidad adopte una estrategia de compromiso con los clientes, de poco servirá si el resto del sector no emprende iniciativas parecidas. Por lo mismo, por mucho que un banco dé grandes pasos para mejorar la ética en sus operaciones, si los demás no hacen lo mismo, la opinión pública seguirá siendo negativa.


¿Cómo debe ser la regulación?

El tema de la regulación planeó durante toda la conferencia. Ponentes y delegados respaldaron la tesis de que es necesaria una regulación más estricta, pero hubo voces que airearon su preocupación por su volumen y complejidad, así como por la “actitud combativa” de los reguladores.

También se apuntaron las consecuencias indeseadas de un endurecimiento del entorno regulatorio, desde una reducción de la cartera de servicios hasta un menor desarrollo de nuevos servicios o el traslado de operaciones de los países de más riesgo.

El mensaje de la banca fue claro y firme: la solución pasa por un ajuste regulatorio sin excesos que establezca un marco y unas sanciones transparentes.