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IA generativa: fácil de usar, difícil de gestionar

La IA no transforma las empresas por sí sola. Hace falta reconfigurar la organización en torno a la cognición abundante, el criterio experto y el aprendizaje acumulativo.

Ilustración que muestra dos manos; cada una de ellas agarra el extremo de un hilo enmarañado.
7 de mayo de 2026

Por Sampsa Samila

Cuando la mayoría de las personas prueba por primera vez la IA generativa, le sorprende lo fácil que resulta y la variedad de aplicaciones que ofrece. Esta facilidad y generalidad han impulsado una adopción masiva a nivel individual: en Estados Unidos, por ejemplo, más de la mitad de los adultos la utilizó en 2025. Gracias a las capacidades generalistas de los modelos, los empleados pueden realizar tareas que antes estaban fuera de su alcance y ahorrar tiempo. Pero lo que funciona para las personas no es lo mismo que lo que funciona para las empresas. A nivel organizacional, los beneficios individuales todavía no se han traducido en resultados ni en productividad.

Esa brecha entre los beneficios individuales y el impacto organizacional no se cierra sola. Son los directivos quienes deben cerrarla y, para ello, han de aplicar los mismos principios de gestión de siempre a una tecnología con características nuevas. Como señalaron los economistas Carl Shapiro y Hal Varian hace una generación, “la tecnología cambia, las leyes de la economía no”. La teoría de precios sigue prediciendo qué ocurre cuando cae el coste de un factor de producción, pero ese factor es ahora el trabajo cognitivo, muy distinto de una materia prima o un componente. El diseño organizacional continúa siendo clave, pero la frontera entre las tareas humanas y las de las máquinas plantea un nuevo desafío. Y las empresas no pueden prescindir de un propósito que, como principio rector en el despliegue de la IA, ayude a determinar qué automatizar, qué potenciar, qué proteger y qué rechazar.

Para lograr una transformación real, las compañías han de contar con procesos repetibles y escalables, así como con líderes capaces de ejecutarlos. El nuevo desafío del liderazgo en la era de la IA obliga a pensar en procesos y sistemas en múltiples capas, algo que supone un cambio de enfoque para muchos. Demanda construir una organización que se renueve continuamente y desarrolle conocimiento tácito en torno al criterio, los valores y la cultura, además de mantener la agilidad directiva que requiere una frontera tecnológica en constante evolución.

Cartografiar un nuevo territorio

Para orientarse en un territorio nuevo, lo primero que se necesita es un mapa, es decir, entender qué tiene de novedoso la propia tecnología. Lo atractivo de los modelos fundacionales como ChatGPT o Claude es que son generalistas excepcionales: escriben, resumen, traducen, programan, analizan y realizan casi cualquier tarea en lenguaje escrito.

Para las empresas, esa generalidad tiene un coste: los modelos desconocen el contexto específico de cada compañía, pueden generar errores aparentemente veraces (las llamadas alucinaciones) y su nivel de precisión en ámbitos concretos queda muy por debajo de lo que requieren la mayoría de los procesos de negocio. A medida que estos modelos pasan de ofrecer resultados que el usuario revisa a actuar en su nombre, ese umbral cobra una relevancia distinta: un error convincente deja de ser un párrafo equívoco para convertirse en una acción errónea con consecuencias operativas.

En un proceso de varios pasos, esos errores se amplifican. Lo que las empresas precisan para su operativa no es un generalista, sino algo más cercano a un especialista. Para lograrlo, hay que construir una arquitectura de capacidades sobre el modelo fundacional que permita transformar ese generalista en algo capaz de realizar de forma fiable su trabajo.

La arquitectura de capacidades puede organizarse en varias capas:

  • El ajuste fino adapta el modelo fundacional a un ámbito concreto mediante entrenamiento adicional con datos relevantes, a costa de reducir su utilidad en otros ámbitos y cambiando generalidad por precisión.
  • La generación aumentada por recuperación (RAG) permite que el modelo acceda a documentos y datos propietarios en el momento de la consulta, lo que ancla los resultados en contextos reales de la empresa sin modificar el modelo subyacente.
  • La formulación de prompts determina cómo se utiliza el modelo, con bibliotecas y plantillas que estandarizan las entradas que generan resultados fiables.
  • La integración incorpora el modelo en flujos de trabajo específicos, donde las interfaces de usuario, el diseño de procesos y el alcance de las autorizaciones determinan dónde entra en juego el criterio humano, dónde no y qué puede ejecutar el sistema por sí mismo.
  • La gobernanza establece los límites: qué puede hacer la IA, qué no debe hacer y cómo se revisan sus resultados.

No todas las empresas necesitan todas estas capas, pero cualquiera que use la IA a escala debe decidir qué capas construir, cuáles externalizar y cómo gestionar la complejidad que esto genera.

Gestionar la complejidad reubicada por la IA

Todo proceso tiene una complejidad mínima que se corresponde con la situación del mundo real que gestiona. Esa complejidad no puede eliminarse, solo desplazarse. Para el usuario, una herramienta de IA bien diseñada parece simple: se formula una pregunta y se obtiene una respuesta. Pero la complejidad que el usuario deja de ver no desaparece, sino que se traslada a la arquitectura de capacidades y, más importante aún, a la organización que la opera.

El dilema entre generalidad, precisión y simplicidad

Sampsa Samila

Profesor de Dirección Estratégica en el IESE, donde también es director de la Iniciativa sobre Inteligencia Artificial y el Futuro de la Dirección.