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Para liderar mejor, desconecta de los datos

¿Descansas bien para rendir al máximo? No es no hacer nada, sino liberarte también de la pantalla. Cuando el ocio pasa por ella, pierdes tu tiempo y tus datos.

Mujer leyendo y con el móvil apagado. En la pantalla se lee "Digital Detox"
1 de septiembre de 2026

Si sumáramos todo el tiempo que dedicamos a comer, dormir, desplazarnos, trabajar y disfrutar del ocio, probablemente nos iríamos a las 36 horas diarias. Siempre estamos haciendo varias cosas a la vez: consultamos el correo o respondemos mensajes mientras vemos la televisión; vamos y volvemos del trabajo, o hacemos las tareas de casa, mientras escuchamos un pódcast. Vivimos en la llamada “sociedad del rendimiento”, donde nuestra productividad determina lo que valemos y donde el afán por mejorar continuamente no tiene fin. En un mundo así nunca alcanzamos la meta, nunca podemos decir: “Ya está, he llegado”. De ahí la sensación de inquietud permanente.

Pero el ocio, el descanso y el derecho a ser improductivos son esenciales para el florecimiento humano. Aunque muchas empresas dicen compartirlo y han adoptado medidas como los horarios flexibles o el teletrabajo para facilitar la conciliación, la realidad es muy distinta.

En la conferencia Dignity at Work del IESE, el profesor Santiago Álvarez de Mon moderó un panel sobre esta cuestión con José María Álvarez-Pallete, ex presidente ejecutivo de Telefónica, y con el profesor de filosofía R. J. Snell, director de programas académicos y editor de Public Discourse en el Witherspoon Institute de Princeton (Nueva Jersey).

Ambos coincidieron en que, por lo general, desconectar no se nos da muy bien, aunque tal vez hoy sea imposible hacerlo del todo. La clave, explican, no está en desconectar, sino en conectar mejor.

Santiago Álvarez de Mon: Cuando hablamos de trabajo y ocio, ¿qué es exactamente el ocio?

R. J. Snell: En Estados Unidos existe la idea de que el ocio es lo que ocurre cuando te tomas un descanso. Se trata de no hacer nada en contraposición a hacer algo. Pero en la tradición filosófica, el ocio no es simplemente parar de trabajar o cesar toda actividad. Es una forma de actividad intrínsecamente valiosa, un fin en sí misma.

Jugar con los hijos, el deporte, el arte y la música serían ocio. También estudiar y leer, siempre que se haga por gusto. Estudiar para aprobar un examen no es ocio; la contemplación, por amor al conocimiento, sí. No es lo mismo que descansar o entretenerse, aunque ambos también importen.

José María Álvarez-Pallete: Además de ser valioso en sí mismo, el ocio es necesario para afrontar el trabajo y la vida con calma y criterio. Personalmente, he tenido que equilibrar la vida profesional con la contemplación para volver renovado y dar lo mejor de mí en el trabajo.

SAM: ¿Tenemos derecho al ocio? De no ser así, ¿qué nos lo impide?

JMAP: Deberíamos tenerlo, pero en gran medida el contexto cultural nos priva de él. Durante la pandemia el teletrabajo obligatorio reveló hasta qué punto habíamos perdido tiempo de ocio y había cambiado nuestra relación con el trabajo y la tecnología. El contrato social cambió y la tecnología se volvió omnipresente, una realidad no contemplada por la legislación laboral.

RJS: La mayoría de los estadounidenses no siente que tenga realmente derecho a desconectar, por mucho que su contrato laboral lo reconozca. No es algo que vivamos en nuestro día a día. El hábito de mirar el correo, por ejemplo, está muy arraigado. He conocido a mujeres de empresas muy exigentes que estaban en la oficina el día antes de dar a luz, consultaban el correo y dictaban mensajes desde el hospital y se reincorporaron poco después del parto. Como sociedad, no se nos da muy bien descansar.

SAM: Más allá del ocio está el derecho a ser improductivos. ¿Realmente lo tenemos?

RJS: No hago un llamamiento a cruzarse de brazos y dejar de trabajar por completo. Como dijo Platón, “difíciles son las cosas bellas”. En otras palabras, las cosas bellas o buenas son difíciles de alcanzar y mantener sin cierto esfuerzo. En la vida hay tareas ingratas, como trabajar hasta tarde, madrugar o hacer horas extra. Tenemos la obligación de ser productivos. Pero si no reservamos tiempo para la reflexión, ni alcanzaremos la plenitud ni podremos concentrarnos. Cuando estamos siempre distraídos, acabamos sumidos en un frenesí de actividad con el que apenas logramos nada. Necesitamos en la misma medida la contemplación y, en ese sentido, también tenemos derecho a ser improductivos.

JMAP: La cultura de la empresa es fundamental para reconocer el descanso como un derecho. Esto incluye, por ejemplo, políticas laborales sobre la comunicación fuera del horario laboral y la flexibilidad. Las decisiones individuales y familiares también cuentan. Por ejemplo, mi esposa y yo hemos acordado guardar el móvil a las 20h, y participamos en asociaciones de padres que abogan por no dar un móvil a los niños demasiado pronto. La tecnología parece inevitable, pero no es invencible. Podemos reducir su impacto si nos lo proponemos.

SAM: ¿Cómo ha transformado la tecnología nuestro concepto del ocio y qué implica ese cambio para el descanso y la desconexión?

RJS: Hace poco le pregunté a un grupo de estudiantes de Princeton qué era lo primero que hacían al levantarse. Todos dijeron que mirar el móvil. Después les pregunté qué era lo último antes de acostarse, y todos respondieron lo mismo.

Internet y las redes sociales contribuyen al desencantamiento del mundo, despojándolo de misterio, asombro y sentido. La tecnología moderna crea un mundo horizontal: lees un documento con cinco o seis enlaces y, cada vez que los abres, no te llevan a un nivel más profundo, sino hacia los lados. Abres un segundo documento, luego un tercero y tu atención se mueve lateralmente. Se hace muy difícil profundizar en una idea y elevar nuestra atención hacia lo trascendente o lo sagrado. La tecnología está diseñada para mantener nuestro mundo plano y nuestra atención dispersa y distraída.

JMAP: A eso hay que sumar que generamos cantidades ingentes de datos a través de estas plataformas. Todo el tiempo que pasamos conectados equivale a millones de años de atención humana, que estamos explotando constantemente. ¿A quién pertenecen esos datos? ¿Cuánto valen? Estamos en mitad de un cambio tecnológico exponencial, muchísimo mayor que la Revolución Industrial, y la tecnología avanza más rápido de lo que los contratos sociales pueden articular. Por eso, además del ocio, el descanso y el derecho a ser improductivos, defiendo un nuevo Contrato Social Digital.