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Soluciones basadas en la naturaleza: por qué son necesarias y cómo financiarlas

Créditos de biodiversidad o bonos de impacto de conservación abren paso a una nueva lógica financiera: invertir en regeneración en vez de en extracción.

Río caudaloso a su paso por un bosque.
1 de septiembre de 2025

Por Diane-Laure Arjaliès

En 2007, Ecuador lanzó una propuesta inusual: pidió al mundo que le pagara por no perforar las reservas petrolíferas del Parque Nacional de Yasuní, en plena Amazonia. La iniciativa entusiasmó a grupos ecologistas y a Naciones Unidas, que creó un Fondo Verde del Clima para evitar la extracción del crudo e invitó a colaboradores públicos y privados a invertir en energías alternativas y proyectos de reforestación. Aunque se recaudaron varios millones de dólares –muy lejos de los 3.600 previstos–, el proyecto se tambaleó en 2013 tras un giro en el discurso presidencial. En cambio, cuando la petrolera estatal saudí Aramco salió a Bolsa en 2019, captó casi 26.000 millones de dólares en la mayor oferta pública de venta (OPV) de la historia hasta entonces.

Estas experiencias opuestas ilustran lo difícil que resulta defender la viabilidad económica de proyectos que priorizan el medioambiente y la biodiversidad en plena crisis ecológica. Para los inversores, un árbol muerto es igual de valioso que uno muerto, pues ambos son madera. Un campo irrigado para la agricultura intensiva es un activo financiero, pero un humedal no. Y las “finanzas climáticas” suelen apostar más por parches tecnológicos y trucos contables que por soluciones naturales.

La actividad humana ha modificado más del 77% de la tierra y el 87% de los océanos, según Nature, alterando ecosistemas armoniosos que tardaron milenios en formarse. Mientras los gobiernos apenas dedican el 1% de su presupuesto a la naturaleza, la brecha de financiación para frenar la pérdida de biodiversidad podría alcanzar los 4,1 billones de dólares en 2050. Urge una nueva lógica económica que valore la naturaleza por su contribución a la vida, no solo por su potencial extractivo.

La crisis de la naturaleza será también nuestra

El mundo natural es un bien común que nos sustenta. Aunque el ser humano siempre ha tomado de él lo que necesita, los métodos y actitudes hacia la naturaleza varían según la cultura.

Hoy impera la lógica de “la tragedia de los bienes comunes”, una expresión acuñada por el ecologista Garrett Hardin que se remonta a Aristóteles: los individuos que actúan por su cuenta e interés propio sobreexplotan y agotan colectivamente los recursos naturales compartidos. Lo vemos en el colapso de las poblaciones mundiales de peces, la deforestación amazónica o la erosión de la capa vegetal.

Este último problema afecta gravemente a mi país, Canadá, donde se calcula que las zonas agrícolas han perdido hasta el 50% de la capa vegetal en los últimos cincuenta años, debido principalmente a la agricultura intensiva y al cambio climático. En Estados Unidos la erosión de esta capa ocurre diez veces más rápido de lo que puede regenerarse. Y sin capa vegetal, no hay alimentos.

En muchos ecosistemas, no es fácil revertir ni compensar la pérdida de bienes naturales. Pensemos en el blanqueamiento de los corales o en selvas convertidas en sabanas secas para pasto de ganado. Es urgente adoptar un enfoque global para proteger lo que aún nos queda. Para lograrlo, necesitamos replantear nuestra visión sobre la toma de decisiones financieras y los fundamentos económicos de la sostenibilidad.

Imagina que eres el propietario de un edificio de pisos y que los alquilas. La naturaleza son los cimientos. Aunque invisibles y no rentables en sí mismos, todo depende de su integridad estructural. Si colapsan, peligra el activo entero, ya sea un inmueble, cosechas o vidas humanas. Así ocurrió con las mortales inundaciones de Texas en 2025.

Cuando concebimos la naturaleza como los cimientos de todos nuestros medios de vida y actividades, dejamos de verla solo como algo para el disfrute ocioso. Las soluciones basadas en la naturaleza no son parques naturales fotogénicos, sino intervenciones que integran a las personas en su entorno. En una ciudad, pueden ser tejados verdes; en el campo, conservar humedales en lugar de drenarlos para la agricultura.

Repensar la naturaleza como infraestructura vital

En las finanzas, la naturaleza suele ser invisible. Los activos naturales –humedales, bosques, hábitats de polinizadores– no figuran en los balances. Un terreno con humedal, por ejemplo, vale más si se drena artificialmente que si se conserva intacto, porque en el primer caso se registra una transacción económica que entra en el balance.

Las finanzas de conservación, también conocidas como finanzas basadas en la naturaleza, son un campo en rápido desarrollo que combina varios métodos para canalizar el capital financiero hacia proyectos de apoyo a la biodiversidad.

Antes, la financiación de iniciativas positivas para la naturaleza solía proceder de la filantropía, una fuente que ha demostrado ser insuficiente para detener y revertir la pérdida de biodiversidad o cumplir los objetivos climáticos. Hoy se exploran otras herramientas y estrategias:

  • Establecer mercados para activos medioambientales como el carbono o los créditos de biodiversidad.
  • Desarrollar instrumentos financieros, como bonos verdes y swaps de deuda por naturaleza (canjes que reducen deuda a cambio de compromisos de conservación).
  • Integrar la naturaleza a la política fiscal y monetaria.
  • Informar mejor a los inversores sobre el impacto ambiental de sus decisiones, a menudo mediante marcos medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG).

Sin embargo, solo el 2% de las finanzas climáticas se destina a la promoción e implementación de soluciones basadas en la naturaleza, y en su mayoría provienen de fondos públicos. El capital privado aún se resiste, pues los ecosistemas no encajan bien en los productos de inversión tradicionales.

Un paso clave es crear mercados que reconozcan el valor de la naturaleza. Hoy, la mayoría de los sistemas financieros ignoran los bosques vivos, los humedales intactos o el petróleo que no se extrae, y se concentran en cuantificar la contaminación y comercializar sus efectos negativos.

Créditos de biodiversidad y otras herramientas de acción medioambiental

Para transformar el valor de la naturaleza en resultados concretos, las empresas recurren a mecanismos como la compensación y la captura de carbono. La compensación financia proyectos que reducen las emisiones de CO2 de manera general, mientras que la captura actúa directamente sobre las emisiones, previniéndolas en la fuente o eliminándolas en la atmósfera. Los créditos de carbono, certificados comerciables que representan una unidad de emisiones reducidas o evitadas, permiten a las empresas cumplir sus objetivos climáticos.

Sin embargo, estas estrategias generan debate. Los críticos advierten que pueden retrasar el recorte real de emisiones, carecen de transparencia y, en ocasiones, exageran sus beneficios, sobre todo cuando los proyectos en que se basan tienen un impacto o una permanencia cuestionables.

Una alternativa prometedora es la emisión de créditos de biodiversidad, que asignan valor a proyectos ecológicos, como la restauración de hábitats, el aumento de las poblaciones de polinizadores o la preservación de especies. Pero deben diseñarse con cuidado: la biodiversidad es local por definición. Un árbol en Francia no puede sustituir a otro en Canadá, ni una población próspera de abejas en Chile compensa a otra en declive en China, ni existe una métrica universal para el valor de un humedal.

Para ser viables, los sistemas de créditos deben reflejar las realidades ecológicas y desarrollarse en colaboración con las comunidades locales que conocen mejor el territorio. En América, eso implica trabajar con comunidades indígenas; en Europa, con agricultores y administradores de tierras.

Más allá de compensar daños, los créditos de biodiversidad deben fomentar proyectos positivos netos. No se trata solo de compensar la destrucción, sino de invertir en la regeneración y el florecimiento de la vida.

Las soluciones basadas en la naturaleza presentan múltiples ventajas: son más económicas y, en muchos casos, más eficientes que los parches industriales. Además, generan efectos secundarios positivos, desde la prevención de inundaciones hasta la preservación de la biodiversidad. Por tanto, en lugar de debatir cómo reducir el carbono en la atmósfera, ¿por qué no aprovechar una herramienta que ya lo hace de manera natural: los árboles?

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Diane-Laure Arjaliès

Profesora de Contabilidad y Control y Sostenibilidad en la Ivey Business School (Canadá), es investigadora líder en finanzas sostenibles y biodiversidad. Estudia el potencial de instrumentos como los bonos de impacto de conservación para apoyar financieramente la protección de los ecosistemas y la reconciliación económica con los pueblos indígenas. También es fundadora del Sustainable Finance Lab en el Ivey Centre for Building Sustainable Value.