Carlos Archilla-Cady, hasta las estrellas. Historias de éxito

Anestesista pediátrico, orador y defensor de la inclusión de la discapacidad. Veterano de la Marina de EE. UU., vive en Florida y es Global Executive MBA del IESE. Colabora con empresas espaciales comerciales para probar los efectos de la gravedad cero sobre la presión ocular en personas con glaucoma, y está preparando su primer vuelo espacial en 2025.

Hasta las estrellas

En el año 2000, Carlos Archilla-Cady conducía hacia su casa desde el trabajo cuando perdió la visión; el mundo, de repente, se había convertido en una densa niebla blanca. Se las arregló para detenerse, y, en media hora, su vista se había aclarado lo suficiente como para continuar el camino. Muy afectado, acudió a un oftalmólogo. Su presión ocular era muy elevada, la propia de un glaucoma.

Fue el comienzo de muchos años de desafíos, operaciones e incluso trasplantes de córnea, pero, también, de nuevas aventuras y (literalmente) nuevos horizontes, que, pronto, lo enviarían al espacio.

Un plan de contingencia

Como anestesista pediátrico en el Nemours Children’s Health, en Orlando (Florida), Archilla-Cady sabía que cualquier discapacidad permanente de la visión le impediría trabajar como médico. Cuando le diagnosticaron el glaucoma “me di cuenta de cuánto podría perder”, recuerda.

Durante los siguientes 19 años, se sometió a distintos procedimientos cada vez más invasivos: desde ponerse gotas para los ojos varias veces al día hasta operaciones para insertar válvulas de drenaje detrás de los párpados, y, finalmente, trasplantes de córnea, rechazados por su organismo en dos ocasiones. El tercero, en 2019, ha tenido éxito hasta el momento.

Recibir un trasplante lo ha convertido en un apasionado defensor de la donación de órganos, tejidos y ojos. “Estoy eternamente agradecido a los donantes y sus familias”, dice, y explica que no solo le devolvieron la vista, sino que le dieron una nueva oportunidad.

A lo largo de esos altibajos, Archilla-Cady se dio cuenta de que necesitaría un plan de contingencia profesional por si no se recuperaba por completo. Como líder en el campo de la salud, creía en el aprendizaje continuo, y había cursado varios programas en prestigiosas escuelas de dirección de empresas. Pensó que necesitaría un título formal, lo que lo llevó al Global Executive MBA del IESE en 2020.

“El IESE estuvo muy atento a mi discapacidad, algo muy importante; sobre todo, al comienzo del programa”, dice. “Al apuntarme, mencioné que necesitaría cierta adaptación, que me proporcionaron encantados. Cuando comencé, me encontraba a media recuperación de mi último trasplante”.

Su discapacidad lo ha sensibilizado sobre la necesidad de inclusión en todos los aspectos de la vida, así como en el mundo de los negocios. Para Archilla-Cady, esa misión ha adquirido proporciones épicas.

Lo que hay que tener

Por lo general, los niños sueñan con convertirse en astronautas. La realidad es que los astronautas profesionales son un club de élite: en parte científicos, en parte atletas olímpicos. El término “lo que hay que tener”, que se refiere a los rasgos mentales y físicos necesarios para alcanzar el éxito, se popularizó con el libro y la película del mismo nombre (Lo que hay que tener: elegidos para la gloria), sobre el primer programa de vuelos espaciales tripulados de Estados Unidos en el apogeo de la carrera espacial. Pero ¿y si lo que se consideraba que había que tener en los años 50 y 60 hubiera caducado hoy? Archilla-Cady reflexionó sobre ello a partir del incendio de 1997 a bordo de la estación espacial Mir. En aquel incendio, la tripulación había tardado en responder debido a un corte de energía. ¿Quizás alguien con una discapacidad visual habría reaccionado más rápido a oscuras?

De repente, el sueño de ser astronauta cobró un nuevo sentido. Cuando Archilla-Cady leyó sobre un grupo de personas con discapacidades invitadas a un vuelo de gravedad cero, sintió que estaba en una posición única para añadir valor.

Los astronautas que pasan mucho tiempo en la Estación Espacial Internacional a menudo experimentan inflamación del nervio óptico, y tienen una visión reducida cuando regresan a la Tierra. Como alguien que convive con una enfermedad ocular compleja, Archilla-Cady estaba preocupado por los efectos de la microgravedad en la agudeza visual. Los datos se recopilaron a partir de voluntarios sanos, pero Archilla-Cady creyó que datos de personas como él podrían proporcionar información más detallada sobre los efectos de la microgravedad en el ojo humano, abriendo la posibilidad de que los discapacitados participasen en viajes espaciales.

Archilla-Cady completó el entrenamiento en microgravedad de la NASA y se sometió a un vuelo de simulación de gravedad cero, en el que se realizaron, probablemente, las primeras mediciones en la historia de los efectos de la presión ocular en una persona con un glaucoma activo.

“Mi presión intraocular era normal antes del vuelo. Aumentó un 31% en ambos ojos a los pocos segundos de entrar en gravedad cero, y volvió a la normalidad a los pocos minutos de salir”, recuerda.

Cuando se le pregunta si le preocupa someter sus ojos a esas condiciones extremas, Archilla-Cady responde que “siempre hay riesgos, pero mi equipo médico cree que son mínimos. Después de ocho minutos en gravedad cero, mi presión se normalizó sin efectos duraderos”.

Dado que los viajes espaciales son, cada vez más, una realidad para los astronautas que no son de carrera, Archilla-Cady planea despegar en 2025, complacido de representar en el espacio el tipo de inclusión que quiere lograr en la Tierra. Se alegra de que una comunidad de empresas e individuos esté trabajando para hacer posible la inclusión en los viajes espaciales. En su opinión, las experiencias de los discapacitados pueden ayudar a los expertos a encontrar soluciones innovadoras para incluirlos en futuros programas de exploración espacial. Aquellos que han ido al espacio exterior aseguran que tienen una nueva perspectiva de la Tierra, que les permite apreciar más el planeta y la conexión humana, un viaje vital muy similar al de Archilla-Cady.

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La discapacidad como activo

Desde ese fatídico desplazamiento a casa, Archilla-Cady ha tenido que trabajar creativamente para lidiar con su vista fluctuante y sus diversas intervenciones. Esa experiencia no solo le ha hecho apreciar la importancia de la inclusión de las discapacidades, sino las habilidades especiales que, a menudo, fomentan.

En concreto, vivir con una discapacidad requiere resiliencia, valor, determinación, empatía y flexibilidad: todos los rasgos deseables en los empleados y líderes en general. Archilla-Cady, por ejemplo, se ha dedicado a la educación, volvió a trabajar durante la pandemia cuando más se necesitaban sus conocimientos, y comenzó su capacitación para el espacio. Progresar con una discapacidad exige innovación constante para funcionar en un mundo que no está adaptado.

 

“Creo que las habilidades que se obtienen al vivir con una discapacidad pueden ser útiles para los negocios”, dice. “Estamos acostumbrados a navegar por aguas complicadas, de una forma u otra. Podemos responder rápida y creativamente si las cosas salen mal”.

“Discapacidad no significa incapacidad, sino que las capacidades se ejercen de manera diferente. También vale la pena considerar que mil millones de personas en todo el mundo viven con algún tipo de discapacidad, lo que probablemente incluya a muchos de tus propios clientes, a quienes les gustaría que tu empresa pasase de la ‘accesibilidad’ al acceso completo”.

Al igual que con otras formas de diversidad, la inclusión de la discapacidad dentro de la empresa fomenta que las personas conecten con una sociedad diversa. Archilla-Cady insiste en que incluir a discapacitados en los negocios agrega valor, y que hay que redefinir a las personas con discapacidad y limitaciones como activos para cualquier organización. “Realmente tienen ‘lo que hay que tener’… y su conjunto de habilidades, cuando se aplica a los negocios, puede ser transformador”.

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