El poder de la conversación cara a cara

Seguro que te acuerdas. Tu tío aparecía por casa de tarde en tarde sin avisar, solo para comentar un rato cómo había ido el día. Tus compañeros de clase pasaban a buscarte, sin ni siquiera saber si ibas a estar en casa. O llamabas despreocupado al teléfono fijo de tu mejor amigo a cualquier hora y sabías reconocer al instante la voz de toda su familia.

¿Cuánto hace que no vives ninguna de estas situaciones? Incluso si eres lo bastante joven, es posible que no sepas de qué te estamos hablando.

Es obvio que la revolución digital nos ha traído un sinfín de dispositivos que nos hacen la vida más fácil, más eficiente, más conveniente. Pero en el terreno de las relaciones humanas y de la conversación, también ha impuesto algunas barreras muy altas que antes no existían. Vivimos en un mundo paradójico, donde estamos más conectados que nunca, pero en el que entrar en un despacho, picar a la puerta de casa de un amigo sin previo aviso o incluso llamar por teléfono se considera muchas veces una intromisión o una falta de respeto.

Outlook, Gmail, Skype, Slack, Zoom, Teams, WhatsApp o Instagram nos aportan ventajas incontestables. Pero su auge – catapultado exponencialmente durante la pandemia – también nos está llevando a imponernos una serie de fronteras digitales que nos separan de la experiencia completa y de los resultados que se obtienen al hablar directamente con otro ser humano.

7 cosas que solo conseguirás hablando en persona con tus equipos

En el ámbito de la empresa, y especialmente como líder, rehuir las conversaciones que podrías tener cara a cara y refugiarte en los mensajes escritos es tan tentador como arriesgado. Sin embargo, lo hacemos cada vez más a menudo. Piensa, ¿cuántas conversaciones cercanas y en persona has tenido en el último mes con los miembros de tu equipo?

La pereza y también el miedo a vivir situaciones incómodas nos impulsan a escondernos detrás del teclado y de la pantalla para comunicarnos, pero por el camino vamos perdiendo elementos muy valiosos: tiempo en cadenas de correos interminables, capacidad de atención, espacio para intimar, habilidad para comprender y compartir emociones… Y, desde luego, dada la dificultad de transmitir sutilezas en nuestro tono al escribir, caemos una y otra vez en la trampa de generar tensión innecesaria y multitud de malentendidos que poco a poco van drenando nuestra energía y deteriorando nuestras relaciones. Piensa de nuevo: ¿Cuántos intercambios de emails envenenados hay ahora mismo en tu bandeja de entrada?

Liderar no va de enviar órdenes, quejas airadas o informes por email, sino de hablar con personas para que los proyectos salgan adelante. Si quieres ser un líder más responsable, quizás la próxima vez que quieras comunicar algo, simplemente te levantarás de tu silla e irás a ver a esa persona.

1. Menos malentendidos

¿Sabías que el 25% de los emoticonos que enviamos llegan al receptor en el sentido inverso al que pretendemos? Los gestos, el tono de voz o la mirada nos ayudan a transmitir lo que queremos decir y cómo lo queremos decir con una precisión que el lenguaje escrito no puede alcanzar. Expresamos y percibimos con más claridad los sentimientos y eso nos permite empatizar mutuamente, evitando muchos conflictos innecesarios que se originan en una comunicación deficiente.

2. Más efectividad y persuasión

Solemos pensar que un email es tan impactante como pedir algo en persona, pero lo cierto es que la comunicación cara a cara es 34 veces más exitosa, ya que la persuasión tiene mucho más que ver con las emociones que con la razón. Así que no basta con preparar un mensaje de forma clara y directa, lo que hace que un mensaje sea creíble es lo que transmitimos a través del lenguaje corporal.

3. Vínculos más fuertes

Un contacto cercano y frecuente genera confianza y seguridad entre las personas, también en el entorno laboral. Estando frente al otro nos es más fácil encontrar puntos en común y muchas conversaciones nos llevan a crear momentos memorables que refuerzan la relación. Además, la proximidad física activa mecanismos en nuestro cuerpo que reducen el estrés y nos relajan.

4. Discusiones más sencillas

Al obtener respuestas inmediatas acompañadas de gestos y posturas, podemos ver al momento cómo se siente nuestro interlocutor, prever lo que va a ocurrir y adaptar el tono de nuestras respuestas sobre la marcha. Algo que nos ayuda mucho a ponernos de acuerdo. Además, cuando se trata de establecer objetivos, en persona solemos negociarlos más. Así, los asumimos como propios y nos coordinamos mejor para cumplirlos.

5. Mayor atención, concentración y colaboración

¿En cuántas reuniones online a la semana sueles realizar otras tareas? Cuando hablamos cara a cara, es casi imposible estar haciendo otra cosa a la vez. El mismo contexto nos lleva a concentramos más en el presente, a involucrarnos y a poner en práctica la escucha activa, fundamental para cualquier conversación de calidad.

6. Un aprendizaje más profundo

Aprender a nivel conceptual significa comprender una idea nueva como “creatividad” o “diversidad”. En cambio, el aprendizaje profundo implica vivir esos conceptos, debatir sobre ellos y aplicarlos a los diferentes contextos del día a día. Por eso este tipo de aprendizaje solo sucede cuando experimentamos las ideas junto a otras personas, lo que ocurre en todos los programas del IESE.

7. Más habilidades comunicativas y sociales

Hablar en público, transmitir emociones, gestionar la incertidumbre, ponerse en el lugar del otro, trabajar las relaciones afectivas o la autoestima son aspectos que mejoran cuando estamos en contacto con los demás, no detrás de una pantalla. No olvides que somos animales sociales.

Conversaciones difíciles

Claves para afrontar una conversación difícil

No nos gustan, son incómodas y nos ponen nerviosos. Pero por mucho que intentemos evitarlas, tarde o temprano nos topamos con ellas. Las conversaciones difíciles – aquellas que requieren un esfuerzo emocional o intelectual y en las que podemos perder algo importante – no solo forman parte de la vida, sino que también pueden llegar a ser muy valiosas.

Por un lado, nos ayudan a conocernos mejor y a respetarnos más a nosotros mismos: a entender qué queremos, qué no, por qué y dónde están nuestros límites. Y, por el otro, a conocer mejor y a respetar más a la otra persona. Si lo piensas, cualquier relación sana y longeva está construida sobre grandes peldaños de conversaciones difíciles que se han ido superando para resolver problemas y por el bien de la relación.

Cuando tengas que afrontar tu próxima conversación difícil y sientas que te tiemblan las piernas y se te quiebra la voz, estas claves pueden resultarte útiles para rebajar la tensión y alcanzar un objetivo común:

1. Prepara lo que vas a decir

Aunque parezca exagerado, preparar un guion y practicar lo que queremos decir nos puede dar mucha seguridad al afrontar la conversación y nos ayudará a ser más concisos y claros sin perdernos en otros temas. También es recomendable pensar qué queremos conseguir, es decir, si el objetivo principal es solo resolver el problema, cuidar la relación o ambos.

2. Revisa cómo has actuado antes

Todos recordamos momentos en los que nos habría gustado hacerlo mejor. Deja de culparte, pero utiliza esa energía para pensar qué dijiste y con qué tono en aquella discusión que acabó tan mal. Piensa cómo querrías haber actuado y ponlo en práctica la próxima vez. Todavía estás a tiempo.

3. No corras

Aunque tu prioridad sea resolver el problema, precipitarte no te servirá de nada. Busca un momento y un lugar adecuados y asegúrate de que ambos estáis relajados y cómodos. Cuando empiece la conversación, busca la manera de ser agradable y constructivo sin lanzar la situación conflictiva de una forma demasiado directa.

4. Escucha. No, escucha de verdad

Si solo te centras en soltar lo que tienes que decir, no estás conversando. Para crear algo entre los dos, es fundamental que prestes atención y que muestres interés a tu interlocutor: no interrumpas, no cambies de tema de golpe, no prejuzgues y no hagas suposiciones sin suficiente información. Pregúntale por su opinión, sus deseos y sus expectativas. Quizás aquello que tanto temías al final no es tan grave como te imaginabas.

5. Piensa cómo dices las cosas

Los nervios y las emociones descontroladas nos juegan muy malas pasadas. Eso suele ocurrir cuando la realidad no se ajusta a nuestras expectativas, pero si nos quedamos ahí, es muy difícil que obtengamos nada de valor de la conversación. En lugar de dar órdenes, plantea peticiones o sugerencias. En lugar de quejarte, sé asertivo y muestra firmeza sin ser agresivo. Y, si te piden tu opinión, empatiza y pronúnciate con cautela.

6. No te lo tomes como algo personal

Recuerda que el objetivo final de una conversación difícil no es tener razón, ni imponer tu opinión. Se trata más bien de alcanzar una situación lo más beneficiosa posible para todos. Céntrate, no te pierdas en reproches, muéstrate humilde y ábrete a la posibilidad de estar equivocado. Lo mejor que te puede pasar al concluir es descubrir un escenario que te gusta pero que no te habías planteado.

 

Además, si quieres aprender cómo dar y recibir feedback, no te pierdas este artículo.

En los programas de Executive Education del IESE aprenderás a liderar a través de conversaciones cercanas, humanas y sinceras.

¿Eres un verdadero talking manager?

En su libro El Talking Manager: Cómo dirigir personas a través de conversaciones, el autor Álvaro González-Alorda (PDD ’06) defiende que el nivel de tu liderazgo depende de la calidad de tus conversaciones. Estas son algunas de las actitudes que debería tener un verdadero talking manager:

Conoce bien a las personas con las que trabaja y les tiene afecto.
• Dedica tiempo a conversar con las personas de su equipo, tanto en contextos formales como en contextos informales.
• No improvisa las conversaciones importantes.
• Es empático y capta el estado de ánimo de su interlocutor.
• Tiene más preguntas que respuestas.
• Es prudente en sus afirmaciones y sabe decir “no lo sé”.
• No se pronuncia inmediatamente ante cualquier controversia.
• No pretende salirse con la suya, sino más bien “salirse con la nuestra“.
• Habla con franqueza, mirando a los ojos.

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