¿Sirven de algo los economistas?

Artículo del profesor del IESE Alfredo Pastor

10/04/2013

Alfredo Pastor

Esta es una pregunta que se ha puesto de moda en los últimos años. Seguramente lo estuvo aplicada a los médicos, durante la peste negra. La analogía del economista y el médico puede servirnos de punto de partida para hallar la respuesta.

¿Qué le pedimos a un médico para declararlo competente? Que sea capaz de diagnosticar correctamente al enfermo y de prescribir el tratamiento adecuado. La mayor parte de los médicos saben hacer ambas cosas. Por el contrario, si le pedimos a un economista que cure una economía enferma, veremos a menudo que, a los seis meses como a los dos años, la economía seguirá igual o peor. Concluiremos, naturalmente, que los economistas no sirven para nada, y que no saben nada. Pero ni una ni otra conclusión son exactas.

Para empezar, un grupo de economistas no tendrá grandes dificultades para llevar a cabo un diagnóstico de una economía que pueda calificarse de enferma, porque el catálogo de enfermedades no es tan extenso. Tampoco habrá diferencias insalvables cuando se trate de prescribir un tratamiento: es cierto que algunos economistas, seguramente de persuasión naturista, dirán que lo mejor es dejar tranquilo al enfermo, porque se curará solo, mientras otros, más convencionales, optarán por recomendar algún medicamento; algunos, de persuasión homeopática, se atreverán, por ejemplo, a recomendar más gasto público para curar el déficit; otros, por último, serán partidarios de medidas más extremas, como la amputación (escuela esta, por cierto, que parece ganar adeptos en España); pero, si los economistas en cuestión se preocupan, sobre todo, por el bien del enfermo, sabrán llegar a un tratamiento que, quizá, contenga parte de cada uno de los propuestos para cada una de las distintas fases de la enfermedad. 

Entonces, ¿por qué el enfermo no hace más que empeorar? Aquí interviene una diferencia esencial entre la práctica médica y el triste oficio de economista: el individuo enfermo suele hacer caso de las recomendaciones del médico, y someterse al tratamiento prescrito por desagradable que este resulte: tomará las pastillas aunque sean amargas, se dejará pinchar y se prestará a toda clase de manipulaciones. Por el contrario, los responsables de la economía enferma tienden a adoptar, de entre las recomendaciones del economista, solo que aquellas que les gustan, bien por indoloras,  bien por beneficiosas para sus intereses personales, y ponen en cuestión las restantes. Si el enfermo reconoce que su dolencia es a menudo fruto de sus malos hábitos y hace propósito de enmienda, el responsable de la economía tiende a echar la culpa de los achaques de esta al Gobierno anterior, a una conspiración internacional, a las malas cosechas, en fin, a todo el mundo salvo a sí mismo, y lo hace con tal virulencia que no es infrecuente que el economista que pretenda insistir en que sus medicamentos son indispensables termine en la cárcel, o en el exilio. La diferencia entre la eficacia del médico y la del economista no reside tanto, pues, en diferencias de saber –aunque las hay- como en la disposición del paciente.

Y los datos y razonamientos económicos ¿pueden ser de utilidad al ciudadano corriente en su vida cotidiana? Desde luego que sí. “Economía”, a fin de cuentas, es un término que procede de la gestión del hogar, y ésta sigue siendo una buena guía para ella. Los buenos hábitos de la célula familiar suelen traducirse en una economía sólida; los  comportamientos antieconómicos en el ámbito familiar también acaban por serlo cuando se generalizan al país entero; si las cuentas nacionales no cuadran, acaba por pasar lo mismo que cuando no cuadran las familiares (aunque el desastre puede tardar mucho tiempo en producirse). La experiencia del economista le permite dar al ciudadano corriente dos consejos: que no consienta que sus gobernantes hagan algo que no haría él en su casa; y que no les deje tomar una decisión que él no entienda. ¿No son estos consejos útiles?

Artículo del profesor Alfredo Pastor publicado en la Revista de Antiguos Alumnos nº 129.