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María Belón: sobrevivir para aprender a vivir de verdad

La superviviente del tsunami recuerda que hay que estar siempre preparados para lo imprevisible

María Belón visitó el IESE con motivo del Executive MBA Day.

26 de Marzo de 2019

“Mi nombre es María Belón e, igual que todos vosotros, soy superviviente de un tsunami”. Así comenzaba su intervención en el Executive MBA Day del IESE, María Belón, la madre “real” de la película Lo imposible (2012), dirigida por Juan Antonio Bayona.

Belón se define a sí misma como “una persona normal que ha tenido la suerte de vivir una experiencia excepcional”, en referencia al terremoto del Océano Índico que “arrasó” la playa en la que se encontraba junto a su marido, Enrique Álvarez, y sus tres hijos, Lucas (10), Tomás (8) y Simón (5), en Khao Lak,Tailandia, durante las vacaciones navideñas de 2004.

El tsunami del que habla Belón es esa “ola gigantesca que nos llega en la vida provocando golpes, heridas, confusión y asfixia”. Según esta médico y abogada de profesión, estos tsunamis pueden estar causados por “fracasos, accidentes, enfermedades o pérdidas”, propagándose por todo “nuestro ser” e inundando “cuerpo y alma”. El lado positivo de todo ello, según Belón, es que ofrecen la “posibilidad de sentir profundamente lo que de verdad importa en la vida”.

“Lo imprevisible siempre llega cuando la posibilidad es olvidada”, afirma Belón parafraseando a Constantino Kavafis, poeta griego del siglo XX, para explicar cómo es la llegada de un tsunami a la vida de alguien. Y nos recuerda que la fuerza como seres humanos es “mucho mayor” de los límites que nos imponemos.

Quince años después de aquella experiencia traumática, que le dejó secuelas físicas y psicológicas durante años, Belón sigue afirmando que son las experiencias de dificultad y dolor “las que unen a todas las personas”. Esta fue la razón principal por la que se involucró en el proyecto cinematográfico, tanto en la escritura del guión como en todo el proceso de rodaje. Estaba obsesionada en que J.A. Bayona hiciese una película que hablase de “todos los seres humanos”, confiesa. “Existir es un impresionante regalo que dura muy poco”, comenta visiblemente emocionada.

A sus 53 años, Belón todavía tiene presente las pesadillas que cada noche le asaltaban desde que tuvo a su primer hijo, Lucas: “soñaba que una ola gigante llegaba hasta alcanzar la costa y se tragaba a mis hijos”, recuerda. Ese sueño recurrente, que se volvió realidad, fue la respuesta que Belón andaba buscando a una pregunta clave: “¿Cuál es el sentido de mi vida?”. Cuenta Belón que al emerger de la ola, todavía en estado de shock, entendió que lo más duro de la vida era la “soledad” y lo más importante era el “amor”. “Pasé aquellos días de lucha entre la negación como mecanismo de protección y el reconocimiento de que estaba viviendo mi peor pesadilla, la que siempre me había acompañado”.

A raíz de este “regalo”, como define al impacto del tsunami, Belón aprendió tres valiosas lecciones: la importancia de la solidaridad, haciendo “tuya la causa del otro”; el valor del sentido del humor aún en los momentos más trágicos; y la capacidad de resiliencia del ser humano frente a los problemas que nos abordan.

Ante el público formado por antiguos alumnos del EMBA y sus familias, esta heroína de carne y hueso afirma que el miedo ha de entenderse como un motor de crecimiento y no como “algo que nos paraliza y perjudica”. “Aquellos días aprendí la utilidad del miedo y cómo éste es una oportunidad para seguir aprendiendo en la vida”, añade. Es por ello que anima a los directivos a aplicar estos consejos en su vida cotidiana, también en el entorno laboral, y a priorizar lo que de verdad importa. Vivir el ahora sin preocuparse demasiado por el futuro.

Belón confiesa que desconoce el motivo por el que sigue con vida, por qué ella se salvó y no las otras 230.000 personas que fallecieron aquel 26 de diciembre de 2004. “El por qué no lo sé, pero sí sé para qué estoy viva”. Su increíble aventura le enseñó que ser feliz es fácil y que es nuestra obligación perseguir esa felicidad en cada cosa que hacemos, aunque parezca insignificante.