IESE Insight
Douglas Massey: cómo gestionar la migración con humanidad y eficacia
El Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2025 defiende que gestionar la migración con visión, equidad e integración es clave para el progreso global.
En un contexto global marcado por debates intensos sobre la inmigración, el sociólogo Douglas Massey, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2025, advierte de las consecuencias a largo plazo que pueden derivarse de políticas cada vez más restrictivas.
Massey es una de las voces más influyentes en el estudio de la migración humana y la movilidad global. Catedrático de Sociología y de Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, ha demostrado que la movilidad no es una anomalía, sino un rasgo esencial del desarrollo humano y económico. También ha documentado los efectos reales de las políticas migratorias, desmontado mitos y mostrado que las fronteras, más que muros, son espejos de desigualdades sociales.
En esta conversación con Marta Elvira, profesora del IESE y miembro del jurado de los Premios Princesa de Asturias, argumenta por qué cerrar fronteras no frena la migración, sino que la transforma. Aquí se presentan extractos de ese encuentro.
Marta Elvira: ¿Están las instituciones internacionales preparadas para gestionar la migración?
Douglas Massey: Sí y existe un plan global para eso: el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, ratificado por la mayoría de las naciones, aunque muchos países desarrollados ignoran sus compromisos. Estados Unidos se negó a firmarlo, y algunos de los que sí lo hicieron aplican estrategias de “control remoto” para impedir que los migrantes lleguen a sus fronteras. Eso se traduce en que muchos son retenidos en África, Turquía o México antes de alcanzar sus destinos.
Es una gran ironía –y un acto de cinismo– firmar un acuerdo para garantizar derechos y, a la vez, diseñar políticas para impedir el ejercicio de esos derechos. Debemos cambiar la mentalidad de represión y contención que hoy prevalece y comprender que los movimientos migratorios son parte natural de la condición humana.
Las personas migran cada vez más no tanto para encontrar mejores oportunidades laborales, sino en busca de protección y seguridad. El cambio climático está generando flujos migratorios más grandes, menos organizados y más difíciles de adaptar. Pero la cuestión no es cómo detener la migración, sino cómo gestionarla con humanidad y eficacia. Si se aplicaran políticas bien diseñadas –como las que propone el pacto–, muchos países receptores podrían beneficiarse de la llegada de nuevos trabajadores y generaciones que sostengan sus economías envejecidas. La migración no es un problema que deba resolverse, sino una realidad que debe administrarse con inteligencia.
“La migración no es un problema que deba resolverse, sino una realidad que debe administrarse con inteligencia”
M.E.: No obstante, la tendencia observada últimamente en Europa es limitar la entrada de inmigrantes. Usted ha estudiado en profundidad el cierre de fronteras en Estados Unidos, ¿qué impacto tiene?
Cuando un gobierno intenta detener un flujo migratorio, el resultado suele ser negativo. Lo demuestra la militarización de la frontera con México que Estados Unidos intensificó a mediados de los años ochenta al aumentar significativamente su Patrulla Fronteriza: de 1.500 agentes pasó a contar con 25.000, un incremento que continuó bajo sucesivas administraciones, incluida la de Donald Trump.
Antes de esa militarización, la migración mexicana era circular y regulada. Bajo el Programa Bracero (1942-1964), los trabajadores cruzaban con visas temporales, trabajaban por temporadas y regresaban a México. Incluso en las siguientes décadas, aunque creció la migración indocumentada, la mayoría seguía retornando: en torno al 85% de las entradas se compensaban con salidas. Pero, tras la militarización, cruzar no solo se volvió más peligroso y costoso –de unos 500 dólares en los ochenta a más de 15.000 hoy–, sino que los migrantes comenzaron a permanecer más tiempo en Estados Unidos.
El efecto fue paradójico: una política diseñada para frenar la migración terminó multiplicando la población indocumentada, que pasó de dos millones en 1988 a 12 millones en 2018. No llegaron más personas; simplemente, dejaron de regresar.
M.E.: ¿Ha observado el mismo efecto en otras regiones?
Sí, en Europa. En la Alemania de los años setenta, los “trabajadores invitados” trabajaban con permisos temporales hasta que, tras la recesión de 1973 y la crisis del petróleo, los gobiernos suspendieron esos programas de contratación. Los migrantes se establecieron con sus familias y se transformaron en poblaciones permanentes.
La evidencia indica que cerrar fronteras no frena la migración; la transforma. Las políticas restrictivas generan asentamientos permanentes. En cambio, cuando se facilita la migración documentada y circular, la población extranjera crece de forma más lenta y sostenible.
“La evidencia indica que cerrar fronteras no frena la migración; la transforma”
M.E.: España ha pasado de ser un país emisor a convertirse en un país receptor de migrantes, un cambio que ha impulsado su economía. ¿Podría considerarse un modelo a seguir en la gestión e integración de la migración?
D.M.: España es un modelo razonable de integración migratoria. Antes de ingresar en la Unión Europea, era un país emisor de migrantes: miles de españoles trabajaban en Alemania, Francia o los Países Bajos. En aquel momento, muchos temían que la entrada de España y Portugal provocara una “invasión” de trabajadores del sur, pero ocurrió lo contrario. Con su incorporación a la UE, la economía mejoró, el mercado laboral se fortaleció y muchos españoles regresaron. Con el tiempo, ha pasado de ser emisor a receptor de migrantes.
Hoy, británicos, norteamericanos, alemanes jubilados y otros europeos deciden establecerse aquí. Sin embargo, muchos no se integran ni aprenden el idioma. Algo similar sucede en sentido inverso en América del Norte: cada vez más estadounidenses se jubilan en México, atraídos por el clima y el coste de vida, pero también viven aislados, sin aprender el idioma ni mezclarse con la población local. En México, a esas comunidades las llaman “Gringolandia”.
Estados Unidos, en cambio, perdió una gran oportunidad con los acuerdos de libre comercio firmados con Canadá y México en 1992 y 2020, que permiten la libre circulación de capitales, bienes y servicios, pero restringen la movilidad de las personas. Es una contradicción profunda: ¿cómo vas a integrar una economía continental sin permitir el movimiento de quienes la sostienen? Esa desconexión ha derivado en políticas restrictivas que, en lugar de reducir la migración indocumentada, la han incrementado.
La integración económica, por sí sola, no basta. La apertura de mercados y la movilidad de capital deben acompañarse de una integración cultural y humana real. Hay que fomentar la convivencia y el entendimiento mutuo. Solo así las sociedades pueden beneficiarse plenamente de la migración.
“La integración económica, por sí sola, no basta”
M.E.: Más allá de la gestión de fronteras y acuerdos, usted insiste en que las causas profundas de la migración están vinculadas a la desigualdad. ¿Hasta qué punto ese factor explica los movimientos actuales?
D.M.: La migración responde a desigualdades estructurales, tanto entre países como dentro de ellos. Mientras sectores pobres de economías emergentes han mejorado con la globalización, las clases medias de Estados Unidos y Europa han visto deteriorarse su nivel de vida. La concentración de riqueza y la falta de mecanismos redistributivos alimentan conflictos y violencia, y sin políticas internacionales eficaces la movilidad humana será inevitable y cada vez más forzada.
Vivimos una paradoja: nunca hubo tanto crecimiento y tecnología, y sin embargo aumentan la pobreza y la exclusión. La migración se concentra en grandes ciudades, mientras regiones rurales pierden población. Los costes de integración recaen en comunidades locales sin apoyo estatal, lo que genera tensiones que podrían aliviarse con políticas redistributivas. En lugar de cuestionar el poder económico, algunos sectores desvían la frustración culpando a los migrantes, alimentando un populismo falso.
M.E.: Ante este panorama, ¿considera que las sociedades que reciben migrantes terminan fortaleciéndose?
D.M.: Sin duda. El caso de Venezuela –sobre el que gira mi próximo libro– lo ilustra bien: durante décadas fue uno de los países más prósperos y democráticos de América Latina, pero a partir de los años setenta una serie de decisiones políticas y económicas erróneas provocó su declive y el auge del populismo, que destruyó en poco tiempo la economía y las instituciones.
Hoy cerca del 30% de los venezolanos vive fuera de su país, un éxodo sin precedentes en la región. España está aprovechando positivamente esta migración: muchos venezolanos llegan con alta formación, experiencia profesional y una fuerte ética de trabajo, lo que fortalece la economía y aporta dinamismo social y cultural. En cambio, Estados Unidos está desaprovechando esa oportunidad al rechazar y deportar a migrantes que podrían contribuir con su talento en un mercado laboral que necesita mano de obra cualificada.
La paradoja es clara: mientras algunos países convierten la crisis ajena en una oportunidad de crecimiento compartido, otros se encierran en políticas restrictivas que los privan de ese beneficio. La historia demuestra que las sociedades que integran la inmigración con inteligencia y humanidad terminan siendo más fuertes, innovadoras y resilientes.
Fuente: extracto de “El futuro de la especie migratoria”, sesión de Douglas Massey con Marta Elvira celebrada en el marco de la Semana de los Premios Princesa de Asturias 2025.
Este artículo forma parte de la revista IESE Business School Insight núm. 171 (enero-abril 2026).
TAMBIÉN PUEDE INTERESARTE:
Amartya Sen: el crecimiento en términos humanos
Por qué los inmigrantes ganan un 18% menos y cómo reducir esta brecha salarial
¿Puede la inmigración salvar el Estado de bienestar? Esto dice la economía
